Diarios de caracol

“El asfalto no es duro porque sí, ni por su resistencia al rayado ni por su solidez. El asfalto sería igual de duro si estuviera hecho de fieltro o de extracto de madre. E incluso más para un caracol como yo, que necesita de un piso liso e impermeable para fabricar su camino de agua. El asfalto no es el asfalto, sino la ciudad de infinitas formas de perderse entre otros perdidos y perdedores, y un catálogo exhaustivo de distintos modos de morir para un caracol.

Pero he de decir que guardo la esperanza de que las cosas mejoren. De que las lluvias alimenten los surcos de las baldosas cada tarde, y los vehículos detengan su ímpetu aplastador para siempre. Sueños de caracol que escribo desde pequeño en aceras y paredes, con mi pobre grafía de hilos de saliva, en una lengua propia de curvas y rectas sin interrupción.

Hoy escribiré mi testamento sobre el banco de cemento. Legaré mi árbol, el único de la calle, al gorrión lisiado que hundió su pecho en la puerta de cristal. Mi adoquín de umbría será para la tijereta que todavía busca a otras como ella, para que esconda a su familia si al fin la encuentra. Y el charco de lluvia del que tomo mi tinta será para todo aquel que tenga sed…”

Todo esto y algo más que no recuerdo bien creí leer al lado de una concha vacía de caracol, pero ahora no sabría decir si lo soñé o lo aluciné, porque tampoco recuerdo en qué lengua estaba escrito. Sin embargo, en ese momento pensé que era real, así que fui a buscar un rotulador negro muy fino y dejé la concha donde la encontré: “Aquí yace un escritor urbano”.

El patíbulo

Las margaritas del descampado bailan las alegrías del viento y yo ya no las veré más, porque en unas horas habré muerto.

El patíbulo me espera al otro lado de las rejas de esta celda improvisada, erigida sobre la hierba y la tierra reseca del baldío por la urgencia aniquiladora de mis enemigos. Listones de madera verticales reunidos en un techo de chapa, y forrados a conciencia por cuatro vueltas de alambrada de espino. En la parte superior, un cartel de latón asegurado con alambre anuncia con dudosa retranca el comercio local, “Quesería Demí”, a todo aquel curioso que se acerca a escupirme o cotillear.

Fuera, cuatro hombres han levantado el extraño patíbulo durante tres días sin la básica deferencia de ocultarme los detalles de su construcción. Una plataforma de madera de dos por dos metros delimita en su centro un orificio circular de un metro de diámetro colocado exactamente sobre un pozo previo, de gran profundidad me atrevería a decir. Un travesaño horizontal de madera, situado a tres metros de altura y sujeto por dos postes, sobrevuela la boca del pozo por su centro. Una cuerda corta de la que cuelgan unas esposas ha sido atada al travesaño para que pueda deslizarse de un extremo a otro de éste. Y en esos extremos han situado respectivamente una escudilla de pan y una cantimplora, junto a dos carteles donde puede leerse “Horno Rato” y “Utillaje La Polilla”. Todo el montaje ha sido exhaustivamente enjabonado esta mañana por los esforzados constructores. Diría que no va a ser una muerte tan rápida como quisiera.

Mi mente no para de darle vueltas al asunto, sin encontrar una razón a este desvarío. Cuando hace exactamente tres días me acerqué al ayuntamiento, con una carpeta de papeles en una mano y una cesta de huevos en la otra, no podía imaginar acabar así. Comenzando por los huevos. El funcionario torció el gesto cuando se los ofrecí como regalo. “¿Acaso nos conocemos para hacerme un regalo? Y si pretende obtener los permisos para levantar una granja de gallinas ¿de qué local debidamente autorizado dice que proceden estos huevos?” A partir de ahí todo empeoró… “Siéntese ahí un momento. Su cara me suena a pasquín. ¿Acaso tiene algún asunto pendiente con la comunidad? Espere que he de hacer una consulta.” Volvió con dos uniformados y no pude evitar acabar encerrado en un cuarto de servicio. Mi intento de fuga disfrazado con las ropas de limpiador que encontré en el cuarto tampoco ayudó en el caso. Las palabras del juez, que casualmente era el mismo funcionario que me atendió la primera vez, así lo atestiguan “Considerando el episodio de resistencia a la autoridad de esta mañana, el compromiso de este juzgado con la comunidad le obliga a tomar una decisión firme y sopesada que asegure que todos los delitos probados y por probar del señor Antón Deguise, tal y como sugiere su parecido razonable con los pasquines elaborados por los técnicos del ayuntamiento hace trece años, no queden impunes…”

Antón Deguise debía parecerse a mí hace trece años, pero no parece que vaya a aparecer gritando que este reo no es él. Avanzo sin esperanza por el boquete abierto en la alambrada, me acerco a la plataforma y antes de saltar a mi destino, el funcionario-juez me coloca una capucha con el dibujo de una hermosa gallina y un anuncio:

“Huevos Balanza y Espada”.

Las páginas perdidas de Marcus Mann

—Por favor ¿puede traerme un cortado con dos sobres de azúcar?

—¿Otro más? Permítame que recoja los tres anteriores para dejarle sitio. ¿No quiere que se lo ponga en una mesa de fuera?, hace un día estupendo.

—No, gracias, prefiero quedarme dentro. Tráigame también una bolsa de saladitos.

«Ahí sigue, sentado en una mesa de la terraza, con un libro de Pirandello en la mano. ¡Como si lo estuviera leyendo! Si sólo ha pasado dos páginas en media hora. No se da cuenta, o no quiere darse cuenta, de que no le quito ojo de encima, que veo sus miradas frecuentes al interior del local para comprobar que sigo sentado. Que mientras yo espero su marcha, él espera mi salida. Que entre uno y otro la casa sin barrer, ni él me pega dos tiros, ni yo acabo su historia.»

Marcus Mann no se ha percatado todavía de que la luminosidad exterior impide toda visión del interior del bar desde la terraza, de que el extraño aficionado de Pirandello no está interesado en él, sino en cruzar su mirada con la del reflejo de una joven morena con sombrero sentada en una mesa cercana.

«Ahora se ha puesto a hablar con una mujer ¿cómplice quizá? Con suerte ha visto la pistola y le afea la miserable intención de acabar con su padre, su creador ¿será ella también personaje de mi libro? ¿la dulce Margaret o quizá Eye Bomber?»

Los jóvenes flirtean unos minutos antes de hacer una seña al camarero. Él paga la consumición de los dos y se alejan juntos, entre amplias gesticulaciones y sonrisas.

«El joven Luigi P. accedió a acompañar a la irresistible Eye Bomber hasta su casa, con la aviesa intención de sonsacarle todo lo que supiera sobre las páginas finales perdidas de la novela, pero en el fondo convencido de que no tenía otra opción.»

La bufanda amarilla

El tipo de la bufanda amarilla comenzó a habitar el piso del viejo Juan de un día para otro, sin que ningún otro vecino tuviera noticia de ello. El viejo llevaba un año sin aparecer, —habrá muerto— decían. Y entonces llegó el extraño, volteó la bufanda y murmurando —me llamo Juan, acabo de comprar el piso—, pronunció sus primeras y últimas palabras en presencia de sus vecinos.

La coincidencia del nombre y el hermetismo del joven hicieron circular por la escalera arcaicas suposiciones sobre su procedencia. Que si era hijo ilegítimo del viejo tenido en una huida a América cuando practicaba el estraperlo. Que si le había dado muerte para quedarse con el piso y unas tierras en Monte Pelado. Incluso se decía que era el mismo viejo Juan convertido en otro más joven con artes oscuras. El caso es que en todas estas historias de otro siglo se hacía participar tarde o temprano a la justicia para encerrar en el calabozo a uno u otro. Y no andaban mal encaminados.

El viejo Juan había pasado en prisión el último año, donde compartió celda con Jan y con la carcoma de la decadencia. Le cedió su querido piso antes de morir, pero ni tenía ni supo darle una escritura ni una firma. Sólo le tranfirió, íntegras, sus ganas de vivir. Jan escondió desde entonces su acento, extraño e incomprendido, detrás de una frase practicada hasta la perfección y de una bufanda amarilla.

Hombres y gigante

Gabri no es un gran hombre, es un hombre enorme. Veintitrés metros y quince centímetros a esta hora.

Él no ha sido siempre así, por supuesto. Fue un bebé normal con padres normales, y un niño introvertido, pero corriente. Después fue un adolescente reservado y más tarde un adulto educado, a juicio de casi todos sus conocidos, pero de estatura mediana. Después creció de un modo inusitado, fuera de toda lógica, cuando ya sólo cabía menguar. Y en esas está, aumentando a un ritmo de 1/20 de su tamaño cada día.

Un día, en un descuido, despachurró el gato del vecino y el ratón que llevaba entre sus dientes, y tomó la firme decisión de no volver a hacer daño a nadie más. Se fue a vivir al campo con su esposa Gabriela, a una choza fabricada por él mismo. Era tan fuerte y hábil con la madera que no le costó gran cosa fabricar otra casa para su vecino, el del gato, y para el panadero del barrio, por un tropiezo que tuvo con su furgoneta.

Gabriela ya no recuerda los días en que caminaban cogidos de la mano por el parque de las acacias, ni cuando merendaban junto en el río y se daban un achuchón entre baño y baño. Siguen juntos, pero sus mapas están a distinta escala. Hoy han pasado la tarde charlando, ella sobre su mano, él sentado sobre una alfombra de pinos. Regatean el presente para no ser conscientes del futuro. De que en un mes no habrá bosque que lo alimente ni embalse que sacie su sed. De que en una semana no podrá oír ni apenas ver a Gabriela. De que una unidad militar se prepara detrás de las montañas para acabar con sus preocupaciones esta misma noche.

El carro más caro

Después de los tres primeros minutos corriendo con el carro medio lleno, y a falta de dos para el final del concurso, Manuel ya andaba sofocado, empapado de sudor y mareado. Ya había metido en el carro un jamón, una cuña de queso curado, una lata de paté, la botella de vino más cara y una pieza de cada fruta. Tal y como exigía el concurso, sólo una unidad de cada producto, sin distinción de marca. Aceleró el paso para llegar a la sección de droguería y hogar, pero el corazón no pudo seguir el ritmo de su codicia y depositó su cuerpo inerte como un producto más, dentro del carro.

Irene, por su parte, ni siquiera había empezado a correr. Había adoptado la estrategia de meter una a una todas las cosas que se le presentaban, sin fijarse en el precio. Así había acumulado tantos productos que en el minuto cuatro apenas quedaba espacio en el carro. Entonces se encontró con Manuel con la cara pegada al jamón. Se inclinó para ver cómo estaba y gritó algo a la organización. Nadie apareció, excepto otro concursante que apartó el cuerpo de Manuel y arrambló con las cosas más caras de su carro. Irene se apartó y siguió con la compra el minuto que quedaba.

Jorge había tenido suerte por una vez en su vida. Después de perder el trabajo, a su pareja de veinte años y casi su modesto piso, encuentra el mensaje en la botella de leche de marca blanca del súper: “¡Enhorabuena! Vale por una participación en el concurso el carro más caro.” No podía pararse porque alguien hubiese tenido un mareo, ni aunque fuera un infarto, sobre todo porque sólo uno de los tres, el carro más caro, podría quedarse con su contenido. Él iba a ganar y después devolvería a esa persona lo que le había quitado, que de todas formas no era suyo porque en esas condiciones no podría ganar. Quedaban segundos y al acabar pediría ayuda.

El estridente sonido de una sirena avisó a los concursantes de que el tiempo se había agotado. Irene y Jorge se acercaron a las cajas, pero allí no había nadie. Todo el mundo parecía haberse esfumado, ni trabajadores, ni el fotógrafo que había captado sus caras de excitación antes de la prueba. Después de dar una infinidad de vueltas buscando a alguien por el interior del súper y desgañitarse a pleno pulmón, los concursantes abandonaron el centro. Irene con lo que trajo, y Jorge con el carro que tanto suponía para él.

Después, el supermercado quedó desierto, con la excepción de una familia de ratas del almacén que había tomado cierta familiaridad con los reponedores. Nunca les dejaban entrar donde el piso reluciente, pero esta vez era distinto.

Prueba de acceso

Yo creo…, creo que no he aprobado la prueba de acceso. Como si el dolor no fuera suficiente; los palos mentales que vienen y van para sacudirme donde la piel se rasga y deja en carne viva la culpa; como si el reproche y la duda hubieran cedido una esquinita de sus propias sillas para dejarle un sitio compartido a la ineptitud, el invitado nunca esperado. Que si confundí o extravié el temario no tiene perdón ni solución, ni ayuda en nada que ahora lamente que mi probabilidad de aprobar se haya reducido a uno, o quizá haya subido a cero, que hasta del cayado de las mates dudo.

Sé que nunca ha pasado, que Theta jamás ha fallado antes, pero ¿y si por una vez se ha equivocado? ¿Y si quien confundió el temario fue ella y está humedeciendo la semilla caníbal del desasosiego en mí? Que las fuerzas desunan a los habitantes del átomo, que las moléculas estén quietecitas en su cesto en lugar de vagar rumbosas los bailes estivales, o los vientos traigan la quietud al país que sólo delimita consigo mismo y la unidad. No hay forma de saberlo, pero en realidad lo sé, porque ella nunca se equivoca. Sé que esta vez no entraré y aquí pasaré una eternidad fallida, pensando entre destellos fríos y brumas de limón, en las fiestas de cumpleaños que no tendré, en las barbas coquetas que no atusaré, en los días y en las pieles perdidas, por no saberme la lección.

(Originalmente publicado en masticadores archipiélago, https://masticadoresarchipielago.wordpress.com)

Greta 2021

Greta ha cumplido treinta

La mirada de Greta, de tan serena, yo diría que reposa más que se posa en cada portal y en cada hueco de ser vivo que se atreve a observarla, moldes de escayola de lo que eran antes de dirigir su vista a esos ojos rigurosos y francos. Greta no es guapa, ni atractiva, ni resultona. Es una anomalía natural, tan natural como una bomba de racimo, como un atasco en la autopista del sur, como una sinfonía de cigarras en una noche cálida.

Greta anda sobre caminos de guijarros, que lanza de vez en cuando para oír la profundidad de la pendiente. Caminos de luz y oscuridad que no llevan a ninguna casa, a ningún aplomo, a ninguna duda, a ningún sortilegio. Sólo traen letras y números, B1, tocado, B2, agua, C1, tocado. Letras y números de sobra para jugar a los barquitos y resolver ecuaciones de segundo grado con resultados 0 y -1.

Greta ha cumplido treinta, y busca su primer empleo.

Si yo fuera Dios

Javo murió antes de tiempo y eso no lo remedia ni Dios; ni mucho menos las fantasías crédulas del sueño de una desquiciada como yo. Las primeras semanas después de su desaparición recuerdo haber maldecido la voluntad divina de llevárselo de esa manera, tan joven, tan sano, tan mío. Y no se me ocurrió pensar por entonces que pudiese recibir un castigo por ello.

Primero eché la culpa de las visiones delirantes que me atormentaban a la desazón y al desamor; luego aprendí a convivir con ellas y a utilizarlas para ahuyentar a todos los que creían poder ayudarme o consolarme. Por eso ya no había nadie cerca cuando vino el enano mellado de las grandes orejas montado sobre la oveja pelona, a decirme lo que tanto deseaba oír sin haber llegado a pensarlo siquiera.

Que si quería podía serlo, que si firmaba el pergamino que me mostraba llevaría por un día la gorra del “boss”, del que otrora fuera rey de los judíos, y comprendería por fin que no es tarea fácil imaginar y hacer todo lo que ocurre, desde el aletear coordinado de una y todas las moscas hasta la génesis de los grandes logros de la humanidad.

Y en mi enajenación firmé.

La serenidad volvió a mí después de tanto tiempo sorteando las ascuas del dolor. Y con ella la claridad de ideas. No sólo comprendí la pauta de ingesta de café de un escritor de novelas, sino que además ideé el algoritmo que la implementa sin necesidad de prestar atención a menudencias. Hablé con peces e insectos, tratando de explicarles que los anfibios que ridiculizan a unos con su sola existencia y diezman a los otros no son sólo un capricho divino, sino más bien un subproducto del plan evolutivo que se aprobó en su momento. En fin, daños colaterales, sobre todo ese delirante gallipato.

Deseando ocuparme de aquello que realmente me importaba, creé un piloto automático para atender demandas habituales. Y a pesar de eso no tuve más remedio que extinguir las voces chillonas de cientos de especies en peligro que pedían salvación. Entonces tuve la calma para recapacitar e idear una vueltra atrás al día en que Javo se fue.

No fue difícil volver al pasado, sólo tuve que repensar el modo para evitar el efecto cómico del rebobinado, que no venía al caso en este grave asunto. Llegué al momento inmediatamente anterior al ataque cardíaco de Javo, y allí le vi, en la cocina de su apartamento, preparando unos huevos revueltos, cuando una persona salió de su dormitorio vestida únicamente con su camisa de cuadros marrones. Reparé convenientemente su fallido corazón e hice caer el extractor sobre los dos cuerpos entrelazados encima de la isleta.

Cornucopia

Unos pepinos hermosos y grandes cuelgan de la percha, al lado de un melón del tamaño de una pelota de tenis y unos tomates cherry de colores variados: amarillos, naranjas, morados y blancos. La cornucopia de los tiempos afortunados que vivimos, al alcance de cualquiera con un balcón y en un plazo más que razonable de trece días.

Las escuálidas plantas que los han producido, con apenas 4 ó 5 hojas cada una y un tallo diminuto, no podrían sostener los frutos que la genética les ha prestado para alimentar a los urbanitas con balcón si no fuera por la conveniente percha, como la prótesis de un lisiado.

Como mi ojo derecho y mi brazo izquierdo; como cinco de mis dedos, y tantos huesos. Muletas de plástico y silicio para sostener los frutos de este cuerpo.

Ya llega la noche desquiciada, territorio de guerra y drones, de los que encuentran un hueco entre la puerta y el suelo, o los que han entrado durante el día y se han camuflado dentro de una lámpara para salir y atacar en esta hora nefasta. La hora en que envidio a mis escuálidas plantas, y ellas parecen henchirse de genética complacencia.