El trato

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Nunca antes había tenido una cita así. Cuando entré por primera vez en la aplicación, ungido de una mezcla de descreimiento y curiosidad morbosa, no me atreví siquiera a imaginarme sentado en esta silla de nervios y remordimientos, a la espera de un hombre.

El tipo, con una carpeta azul en la mano izquierda, se ha dirigido seguro hacia mi mesa cuando se ha percatado de mi carpeta verde. De mi edad, aunque algo más alto y delgado y con una mirada pesarosa que no translucía en su foto, me ha dejado caer un ¡hola!

Después de un café entre prolegómenos corteses, datos autobiográficos y sonrisas cómplices hemos decidido volver a vernos dentro de una semana en un restaurante indio. Él se ha marchado con la carpeta verde, más parecido a su foto.

He ojeado la carpeta azul y he de decir que estoy deseando iniciar mi semana de vacaciones como el importador Tolo Bain. A pesar de semejante nombre.

Sopor en la partida

Sopor en la partida. El final de peones y caballo da pocas opciones de progresar a ambos bandos. Él avanza, yo muevo, él retrocede, sin que uno ni otro asuma el mínimo riesgo. Se huele la resina de pino de las tablas, ya que no hay nobleza posible en la madera de esta partida.

María en cambio huele a flores de jardín sobre una tarima de teca, a vino envejecido en barrica de roble, a aceites esenciales de naranjo. Y sin embargo con ella no he sido tan conservador como en la partida; unas palabras de más y el empate se ha evaporado para siempre, dejándome la estúpida sensación de haber entregado mi dama sin compensación posible.

Abro finalmente los ojos para comprobar la oscuridad que me rodea. No hay nadie en la sala, unas piezas en penumbra sobre el tablero y una silla vacía donde debía estar mi rival, mi propia silla.

Breve apunte para un salvavidas digital

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Fundación Ramiro Lea busca celadores

Una semana y tres horas de trabajo en la Fundación. Hoy ha vuelto a sobresaltarme un residente. Son tan silenciosos y arrastran los pies con tanto sigilo. Pueden estar 10 minutos detrás mía, a una moneda de distancia, sin hacerse notar. O permanecen tumbados sobre la alfombra del salón toda la noche y te agarran un tobillo cuando tratas de encender el interruptor entre penumbras. En cualquier caso no puedo quejarme, dan poco trabajo y no hacen ruido, y puedo dedicarme a investigar algunos misterios, como el origen de los rollos de papel que aparecen en el baño de mi habitación.

Protocolo de prevención de riesgos artísticos

El vigilante del museo me advierte autoritario que la pieza no se puede tocar y yo, sorprendido en la ilegalidad de mi movimiento, redibujo la trayectoria de la mano para secarme el sudor de la frente con la manga.

La pieza en cuestión, un gran vaso repleto de agua salpicado en su exterior con una infinidad de gotitas de condensación descansa en una repisa de la pared, como si de un espejismo se tratara en la agobiante inmensidad de un desierto de esculturas y montajes plasticometálicos.

El calor sofocante hace que la pieza sea en este momento la más visitada y admirada de la estancia, muy a pesar de la recta disciplina del vigilante.

Salgo de la habitación al tiempo que unos jóvenes hermanos entran a la de “¡mirad un vaso de agua fría!”. Uno de ellos, de unos tres años, arrastra un pequeño carrito con un cordel en el que su padre debe haber depositado el periódico. Disimuladamente cojo el periódico y después de un leve vistazo vuelvo a dejarlo en su sitio.

Mientras me marcho oigo una algarabía detrás de mí, un “¡fuego, fuego!” y el sonido del agua sobre papel. Aprovecho que tengo el mechero en la mano para fumarme un cigarrillo juguetón.

Una amistad duradera

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Aquí está, a mi lado en el coche, y después de 12 años sigue empeñado en que jamás aprendí a conducir. Le digo que si no te fijas bien la línea discontinua tiende a parecer continua cuando estás en movimiento, y él en sus trece de que he sobrepasado la sagrada inviolabilidad del brochazo largo…pero ¿de dónde demonios sale ese pitido?

Tantos años arrimando el hombro en las desgracias, y levantando el brazo en las alegrías para acabar enfangados en el charco de pis de un caniche. Me dice que no guardo la distancia de seguridad con los ciclistas, ¡pero si ha sido el de los pantalones estrechos el que me ha adelantado cuando estaba parado en el stop!..ese sonido ¿acaso indicará que hay un problema eléctrico?

Por no hablar del tema de la limpieza del coche. Me afea que hay restos de comida seca en los asientos, y yo le digo con más razón que un tablón de anuncios que no será comida si no se la han comido las cucarachas…y dale con el ruidito, si el cinturón lo llevo bien puesto.

Me fijo a mi derecha, levanto la bolsa de la compra del asiento y la deposito en el suelo. ¡Eso era! Estaba empezando a pensar que me había vuelto loco.

Tormenta, atormentada y temporal

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Detrás de la ventana la robinia y el taray cruzan sus ramas desvestidas como dos enamorados abrazados en el fragor de la tormenta invernal, ella agitada, él cabizbajo, y ambos cómplices en la desesperanza de la pérdida inevitable.

A sus pies, centenares de hormigas frenéticas cargan su futuro, en forma de pequeñas larvas blancas, desde un hormiguero inundado hasta un lugar seguro, tal vez.

El vaivén de un paraguas negro ejerce de radar improvisado ante un ejército de gotas de lluvia, que despojadas eventualmente de todo camuflaje desvelan la trayectoria de su larvado ataque. Hacia abajo, hacia el tronco en descomposición de un gato de piel y pelo que acoge generoso los obuses acuosos y las correrías de algunos insectos despistados.

A este lado de la ventana, otras gotas de agua y sal pugnan por desgranarse de unos ojos apesadumbrados. Vencidas por fuerzas desconocidas dibujan una estela de terciopelo suicida durante el tiempo justo para aprender a renunciar a los juegos con pequeñas larvas y bolitas de pelo.

La sonrisa de Rómulo Peer

Hay personas de ojos grandes y bellos que sonríen con la mirada mientras desarman y conquistan. Otras lo hacen con una boca amplia y sincera, o con una nariz expresiva. Algunos sólo saben hacerlo con unas mejillas de forja, esféricas e incandescentes. Pero nadie como Rómulo Peer sonríe con las caderas. Unas caderas rectas y livianas, que aderezan sus ocurrencias de hombre sencillo con un discreto dejarse caer a la derecha casi imperceptible. Una sonrisa que es un guiño cómplice, subrepticio regalo para los que lo amamos.

Normas y botones

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Son las 6 de la tarde y todavía no he abierto el cajón de la mesita. Tampoco he desayunado ni comido, pero eso no importa. Sigo con la búsqueda del botón negro de 3 agujeros, aunque algo me dice que puede encontrarse en el cajón de la mesita, donde ayer cayó accidentalmente.

Tenía que comprobar otras opciones quizá poco probables pero más favorables, como que la caída sólo ocurrió en mi mente, o que existe un doble fondo en el cajón que expulsa los objetos que caen a otro lugar cercano y seguro. Creo que después de tanto trabajo ya puedo descartar que se haya deslizado bajo una baldosa del suelo.

Algunos desquiciados han llegado a afirmar que se puede abrir el cajón sin usar el botón, pero jamás han sido capaces de esgrimir algo más que conjeturas sin prueba alguna. Es un hecho práctico que el botón de 3 agujeros abre el cajón de la mesita donde descansa el lápiz que enciende la encimera de la cocina.

Me siento en la cama, me reajusto la gorra a la sien, y miro el cajón mientras espero.

Una verdad punzante

No sé cómo se me ocurrió participar en ese juego de la verdad pensando que no tenía secretos incómodos o que en el momento oportuno podría maquillar mi respuesta. Si me hubiese interrogado por el hombre de mis sueños, una adorable sonrisa habría contestado “tú, amor”. Pero no fue así. El cuchillo del solomillo me señalaba indeciso a mí y a mi bolso.

—5479, BBVA.

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