Imperio roto

Hubo una vez un niño emperador en un país muy lejano. Un país de trigo y gallinas, pero pobre en metales e industria. El niño inició una guerra con el imperio vecino, aconsejado por sus más que bien formados ministros adultos. La guerra benefició al imperio con nuevos territorios y minas de hierro, con una pérdida de sólo 7.000 soldados.

La paz llegó, y el niño supo por sus consejeros que necesitaban obreros cualificados para poder explotar las minas recién adquiridas. Creó una escuela de ingenieros que pronto surtió las oficinas y galerías mineras, y mejoró las herramientas y procedimientos. Pero la rica actividad minera causó deflagraciones accidentales y afectó a la salud de los trabajadores, con la pérdida de unas 70 personas al año.

A juicio de los ingenieros, sería necesario mejorar la mecanización de las instalaciones para reducir la exposición de los obreros, y perfeccionar los equipos de protección individual. Se creó un grupo de tecnólogos que consiguió eliminar la presencia humana en las galerías a cambio de un fuerte consumo de energía. Ese invierno el precio elevado del gas y la electricidad causó la muerte por frío y enfermedad a 500 pobres.

El niño emperador creció con la sospecha de que la prosperidad de su nación jamás traería la felicidad plena de sus conciudadanos más humildes. Por eso, en su mayoría de edad decidió dejar el imperio a su asesor más capacitado y emplear su vida adulta en ayudar a los desfavorecidos.

El joven fue atropellado por un tranvía una semana después de dejar su cargo, poco acostumbrado a mirar a los lados, y una violenta explosión social alentada por su hermano derrocó al asesor para devolver la monarquía hereditaria al imperio. La civilización siguió su extraña lógica de dar un paso tras otro, como un niño pequeño que aprende a andar con la modesta aspiración de ver el suelo desde arriba o probar el sabor de la arena.

Acción-reacción

Por mucho que la oscuridad de la torre no permita distinguirla de un travesaño más o de un murciélago grande, la polea está sin duda allá arriba, esperando que alguien ponga en marcha su ancestral mecanismo e ice milagrosamente a algún curioso hasta los secretos del campanario, quizá algún estudioso ávido de entrever telarañas de hilo de oro o manuscritos de milhojas de hojaldre.

Algún curioso como yo. O yo mismo si no fuera un miedoso incurable, un pusilánime voyeur de historias imaginadas, de aventuras de exhibicionista en el espejo del baño. Si no fuera yo, iría. O si fuera, no sería yo. Yo, yo y yo reberberando en el cráneo amarillento de alguien que murió dentro de mi piel, hace tiempo, y no sabe que sigue ahí por inercia, cosiendo el tiempo.

Almuerzo de bar y fiambre

Lope Piernas no podría haber imaginado cuando despertó envuelto en aromas de pétalos de rosa y zumo de naranja que acabaría el día cargando un pesado cuerpo inerte y apestando a sudor y sangre de padre.

Los cumpleaños no eran lo suyo, ni nada que oliera a fiesta ni a protagonismo social, pero su madre era todo un carácter, y estaba claro que no iba a dejar pasar la oportunidad de celebrar los quince años de su hijo con un desayuno en la cama. ¿Cuánto más tiempo estaría él bajo su mismo techo o se dejaría mimar sin protestar?

Habría tiempo después para las preocupaciones, para los preparativos de todos los sábados, esa vida extra como vendedores ambulantes que permitía completar los ingresos familiares hasta un mínimo aceptable. Cajas y bolsas repletas de calcetines y medias, dejando el espacio justo para tres personas en el coche. Y sobre todo, los almuerzos de bar por turnos donde su padre le premiaba el trabajo con un vaso de cerveza con limón y su bocadillo preferido de atún y alcaparras.

Y además ese día había ido muy bien, porque su padre pagó el almuerzo sacando un pequeño fajo de billetes pequeños de su cartera, más que abultada, abollada y entumecida por los golpes del azar.

Lope Piernas tomó el cuerpo todavía palpitante, sin el peso de la cartera ni de la sangre que manaba sobre su vientre y avanzó con la necesidad, con el peso sobrevenido de la adultez, hacia días nuevos, amaneceres de mayor sin rosas ni zumo.

Gusanos alados

Si existe la verdad, no está entre nosotros, pero puede estar en otra parte donde los cerebros sean más grandes y estén mejor entrenados, donde las violetas tengan el color del ojo que las vea y el sonido del oído que las oiga. En esa tierra quizá habiten los gusanos alados de cuatro anillos que veo en mis sueños, los que reptan o vuelan dependiendo de si la última palabra dicha es aguda o llana…

Esa sonrisa acrisolada tuya me dice que acaso no te convence del todo lo que te digo y sigues queriendo saber sobre mi amistad con Cándido, ¿verdad?

Pues sí, no te voy a engañar, uno por cada anillo de los gusanos. Que hicimos una caja con tus cosas, pero por error se cayeron a la basura, no hace falta que vayas.

Amigo invisible

Ya empiezan los agobios de todos los años en estas fechas. Toda la tarde en el centro comercial y en la bolsa sólo llevo unos calcetines de invierno, para mí, una linterna nueva, para mí, y una caja de pastillas para encender la estufa de leña, también para mí, pero nada para mi amigo invisible.

Descartado un regalo para lucirme, quedan las opciones más comunes, una bufanda o un juego de mesa, de esos que sólo se juegan una vez. Quizá un libro de cocina, o una botella de vino. Regalos sin ángel, visitantes habituales de reuniones familiares que bien pasarían por un vis a vis carcelario.

Opto por el último libro de cocina de un programa de televisión, uno de aquellos realities con eliminatorias semanales que solían reunir a la familia frente a la pantalla, cuando las pantallas eran algo más que espejos de negrura inanimada. Le quito el polvo y lo meto en la bolsa raída.

La navidad siempre me pareció una festividad triste, portadora de la peor melancolía por lo no vivido. Pero desde que todos mis amigos son invisibles siento el impulso de celebrarla en todos sus tópicos y excesos, por más que mi cuenta del calendario pueda ser algo inexacta y acabe montando el nacimiento en octubre.

Rupícola

La mochila sigue abierta sobre la cama, enseñando sus fauces de tela. Y sobre la cama, un sinfín de cachivaches reclamando su derecho a  ser engullidos primero, para no perderse el contoneo del que podría ser el último viaje. De entre los expectantes viajeros, una cajita de cerillas es la afortunada que entra en primer lugar, seguida por una lámpara de aceite, y finalmente una caja de ceras de colores. El mechero, la linterna eléctrica y el marcador permanente se quejan con razón. Que ellos tienen las bondades de la tecnología del hombre mientras que los otros son antiguos y poco eficientes, pero nadie les hace caso en el sálvese quien pueda que es un domingo de excursión.

El viaje acaba en una cueva conocida de muchos días de fiesta, de bocadillos multitudinarios y risas en cascada. Pero esta vez no hay más gente  ni risas. Sólo trabajo y silencio. Para reunir unas ramas y piñas a la entrada de la cueva, un buen montón de leña. Como aquéllos días del pasado en que, como un buen niño obediente, iba a por el tronco más grande y la rama más pesada para enseñársela a su padre, para recibir el premio de la mirada y la sonrisa. Como entonces, pero sin mirada ni sonrisa, como no sea la del retrato de Ofelia en la pared que adorna el fondo majestuoso de la cueva, entre el ford fiesta que fue su primer coche y el carrito de bebé. El carrito pintado del más alegre rosa, desteñido por el humo de las fogatas.

El fuego en la boca de la cueva ya es más grande y rugiente que cualquiera de los fuegos anteriores. Y su esplendor ilumina cada una de las escenas pintadas, desde el barquito de vela donde los ojos de Ofelia prendieron la mecha del fuego que ahora se consume en la entrada, hasta el pacto de amistad ebria en la playa de Gandía. Decenas de pequeños y grandes dibujos que cuentan una historia propia e irrepetible.

La mano extiende el poder de las ceras de colores bajo la mirada atenta de la lámpara de aceite, y poco a poco surge de la última pared limpia un dibujo repetido. Las mismas paredes adornadas se reproducen a pequeña escala, con el barquito, el fiesta y la playa, con la pira gigantesca abriendo sus brazos al interior de la oquedad, y una figura minúscula afanándose en crear otra cueva más pequeña dentro de la anterior. Y en ella otra figurilla haciendo lo propio, con la esperanza vana de enredarse en una huida circular sin fin. Un pensamiento que despierta al fin el gemido contenido de una risa, cálida.

Pirañas y volcanes

El agua de la pasta bulle como una olla de pirañas en la que ha caído un corderito de huesos de macarrón. Entonces, de sopetón, el tomate entra en erupción, entre piroclastos de calabacín y berenjena

La hora y media escasa que le dejan para elaborar y engullir la comida todavía conserva algo de ese aroma de ensoñación y fantasía que ya no es tan habitual desde que la hora gobierna sus despertares y sus acostares.

Como uno de esos ordenadores a los que tadavía les cabe una segunda vida, Frígolo el poeta anda reacondicionado en instalador-reparador de cámaras frigoríficas. Y eso gracias a su primo Huertas, que ha novelado su currículum lírico y lo ha teatralizado frente al encargado de personal de la empresa en que trabaja.

Ahora se conforma con narrar erupciones gastronómicas a la medida de su cocina. Para él y para su benefactor Huertas, que desde que mediara a su favor accede a compartir un plato de pasta con salsa de tomate, idéntico un día tras otro.

A más no llegan las musas.

Diarios de caracol

«El asfalto no es duro porque sí, ni por su resistencia al rayado ni por su solidez. El asfalto sería igual de duro si estuviera hecho de fieltro o de extracto de madre. E incluso más para un caracol como yo, que necesita de un piso liso e impermeable para fabricar su camino de agua. El asfalto no es el asfalto, sino la ciudad de infinitas formas de perderse entre otros perdidos y perdedores, y un catálogo exhaustivo de distintos modos de morir para un caracol.

Pero he de decir que guardo la esperanza de que las cosas mejoren. De que las lluvias alimenten los surcos de las baldosas cada tarde, y los vehículos detengan su ímpetu aplastador para siempre. Sueños de caracol que escribo desde pequeño en aceras y paredes, con mi pobre grafía de hilos de saliva, en una lengua propia de curvas y rectas sin interrupción.

Hoy escribiré mi testamento sobre el banco de cemento. Legaré mi árbol, el único de la calle, al gorrión lisiado que hundió su pecho en la puerta de cristal. Mi adoquín de umbría será para la tijereta que todavía busca a otras como ella, para que esconda a su familia si al fin la encuentra. Y el charco de lluvia del que tomo mi tinta será para todo aquel que tenga sed…»

Todo esto y algo más que no recuerdo bien creí leer al lado de una concha vacía de caracol, pero ahora no sabría decir si lo soñé o lo aluciné, porque tampoco recuerdo en qué lengua estaba escrito. Sin embargo, en ese momento pensé que era real, así que fui a buscar un rotulador negro muy fino y dejé la concha donde la encontré: «Aquí yace un escritor urbano».