Juanan el negacionista

Juanan no confía en los gofres con su merma reticulada, que si fuera para llenarse de abundante nata sólo escasearía por una de sus caras, la de arriba y nunca la de abajo

Juanan no escucha al vecino de los timbales tribales; no le escucha cuando a las siete toca, no le escucha cuando a las ocho protesta por el escandaloso silencio de la indiferencia

Juanan no cree en honras decentes que llenen los minutos perdidos del encuentro casual, que de juicios de cristal ya tiene lleno el contenedor de su memoria; ni cree en el dios del camino único

Juanan es negacionista de las parábolas con punto final y por eso

no hay

Pesimismo biológico

Todos hemos oído decir o dicho “no es pesimismo, sino realismo” una infinidad de veces, con la íntima certeza de que en realidad sí era pesimismo. Sin embargo, en cuestiones de ciencia experimental el pesimismo se construye con hechos probados. Por ejemplo, no hay nada en la física o en la química que llegue a estar nunca quieto, ni un electrón, ni una molécula, ni una estrella; y la biología no es una excepción. No hay ser vivo que pare su metabolismo ni su voluntad, y tampoco para la EVOLUCIÓN. Palabra grande y concitadora de admiración, como la tectónica de placas en geología y la entropía en termodinámica, que tampoco pausan en su camino. Pues la evolución ejerce su labor moldeadora día y noche, más en la noche aterradora que en el día de esplendor, para convertir a uno en otro y enemistar a hermanos y arruinar a pretenciosos que pensaban tener la exclusividad del yo y del será. El será siempre llegará a ser fue, porque no hay especie ni yo que dure por siempre. Eso lo postula el sentido común y lo demuestra el registro fósil. De este modo, postulando la desaparición “impepinable” del Homo sapiens y del pepino mismo, por extinción o modificación, no cabe más que disfrutar del momento o alternativamente prepararse para la marcha.

Como un enfermo terminal que se resiste a abandonar las rutinas, vivimos en una inmortalidad ficticia los últimos días de nuestro reinado. En lugar de eso, un pesimista biológico (p.b.) podría poner las bases de un futuro distinto. Sabedor de su efímera existencia como animal y como especie, el p.b. aprendería a cambiarse a sí mismo, y no dejarle ese privilegio al ecosistema; renunciaría a modificar lo demás para modificar a sus hijos; para hacerlos más sabios y ecuánimes si es que es posible un consenso humano sobre la sabiduría y ecuanimidad. Ignorando quizá que la sabiduría es para una mayoría optimista algo similar a una debilidad congénita. Saberse sabio equivale a admitir la propia inferioridad en la mente ajena del optimista, y no preocuparse por ello.

Cambiarse no es una solución, sino un camino ineludible, la única respuesta a nuestra siniestra tendencia a hacernos más grandes que nuestra casa, para no acabar derribándola de un pedo. Y ese cambio no puede ser ético ni conceptual, sino físico y bien físico, que el alma reside en nuestros pelos y uñas. Que seamos otros antes de ser nada, y que la biotecnología sea nuestra medicina y nuestra religión. Quizá el pesimismo biológico sea paradójicamente el único recurso que pueda darnos algo más de vida, basada en el respeto consciente, en la claridad perceptiva de nuestro poder para destruir, usado para cambiarnos.

Náufrago literario

Hoy he barrido la arena a la salida de la cabaña, como si de una casa de pueblo se tratase. Es mi jardín particular de cangrejos y algas, que sólo las gaviotas saben apreciar cuando vienen a por su ración de vísceras de pescado.

Están amaestradas ¿sabe? Mi salida con el plato de hoja de palma es la señal que ellas esperan para comenzar su picado veloz. Les lanzo los restos al aire, que cogen sin dejar caer nada a la arena. A cambio me permiten probar de vez en cuando su jugo de ave, quizá esperando el momento, ojalá lejano, de hacer el picado sobre mis restos inertes. Ese día me las imagino tristes por perder la diversión de cazar peces al vuelo, y contentas por mí, que de tantas historias que les he contado se saben mi vida y mis penas de memoria.

Y disculpe si ahora llega la parte confusa y disonante del relato, a unas palabras de consumir mi tinta de calamar sin haber dado una sola pista de mi localización, ni de mi situación desesperada. Sepa sólo que no debe asustarse si alguna gaviota le hace un picado artístico sobre la comida que deja, y pregúntele por mí y dónde encontrarme, que sólo ellas lo saben con seguri

Verbofobia

Jeremías Jain delante de su mesa de trabajo. La mirada torcida, las gafas torcidas y el ánimo torcido, carente en general de adjetivos distintos de torcido ante una turba de papeles entre sus dedos.

Enfrente, jacarandosos y burlones, los documentos perdidos del Mundo-usufructo. O tal vez los códigos en tinta extinta de una sociedad secreta. Letras diminutas y extrañas, sin corazón ni compasión. Arabescos desterrados del abecedario por soberbia desmedida en sus trazos, traidores a la economía y a la humildad del escritor.

Jeremías Jain delante de su mesa de trabajo. Sin esperanza posible, sin añoranza alguna. Sólo perdido y desterrado en la jaula sin tiempo de las tareas imposibles.

La soledad de J

El viejo J descubrió por primera vez el significado de la soledad.

Había pasado toda una vida como único empleado de la ferretería La Arandela donde, a causa de la desidia del propietario y heredero, atendía a la clientela, el almacén y los pedidos tal y como le daba a entender su inteligencia y larga experiencia.

Sólo tuvo un ayudante y aprendiz dos meses antes de su retiro, al que formó a conciencia en todas las tareas de la tienda, como le exigía el hombre sensato y de sistema que se consideraba a sí mismo.

También calculó que a partir de entonces pasaría solo en su piso más tiempo del habitual y resolvió hacerse con un animal doméstico que le obligase a mantenerse activo sin llegar a ser una molestia.

Se compró un pez encarnado al que llamó G y una pequeña pecera esférica.

La vida de J siguió como hasta entonces, sustituyendo las tareas de la ferretería por el cuidado del diminuto pez. Había decorado la pecera con un pecio pirata y unos arrecifes de coral hechos a mano que dejaban al pez el espacio justo para moverse. Y cada dos semanas cambiaba el agua a la pecera.

G esperaba el cambio dentro de un vaso de vidrio, inquieto, mientras su benefactor limpiaba y rellenaba su propio mundo. Observaba las evoluciones del mamífero con interés, repasando mentalmente los pasos del proceso, que conocía al detalle. Le llamó la atención un charquito de agua formado en el suelo. El hombre, que no solía tener esos descuidos, abrió el grifo y el agua salió con demasiada fuerza, salpicando su ropa. Fue a coger un trapo de cocina, cuando pisó el charco y cayó con estruendo.

El mamífero no se levantaba, parecía estar durmiendo la siesta como todas las tardes, pero esta vez tenía los ojos abiertos y pestañeaba sin parar. El agua desbordaba la pila taponada por la pecera y empezaba a acumularse sobre el suelo de la cocina, introduciéndose por su boca sin que pareciera importarle; al menos no hacía nada por evitarlo. G pensó que quizá su compañero tenía capacidades anfibias, como sabía que otros animales tenían, pero a juzgar por su tos no parecía ser el caso. La mirada del hombre se posó sobre G, y ambos creyeron entenderse por un momento.

J y G descubrieron horrorizados y a la vez la magnitud de su soledad, la de toda su vida anterior. Y decidieron mantenerse la mirada.

Madre mía

Duelo de guijarros bajo la sábana de saliva de mar. Drena ahora y anega después, y drena más tarde, y anega sin más, con violencia indecisa, un revoltijo de miembros y algas. Montaña rusa de crestas de espuma y valles de arena, de embestida de la bestia de sal al mundo onírico sin suelo y sin cielo. La maternidad no sabe de versos inspirados, sólo de sonrisas de pepino y vinagre, de castañas asadas dentro de bolsas de agua caliente, de carcajadas desaforadas a la orilla del mar.

Cuento rodado

A veces cuento historias que tienen sus aristas romas de tantas vueltas que han dado a lo largo de los años, que más que cuentos son cantos, cantos rodados. Limados por la corriente, a menudo encuentran acomodo en el fondo de un remanso oscuro, y más raramente enseñan su imperfecta convexidad a quien quiera verlos.

Una de las primeras historias que conté floreció perfecta y emotiva en mi infancia tardía, una de aquellas redacciones tan populares para los maestros de entonces. Tuve que leerla en voz alta, y nació curada de timidez. Cuando acabé, la profesora preguntó a la clase si alguien tenía algo que comentar, y yo creo que ya tuve la sensación de que algo no iba bien. Entonces, veinte manos se levantaron a la vez con un vigor inesperado, y sin esperar turno reclamaron mi cabeza por haber plagiado con todo detalle un cuento de un libro de texto de lectura de un curso anterior.

En mi defensa acerté a argumentar que nunca tuve ese libro, aún cuando sabía que tantas voluntades juntas raramente están equivocadas. Que alguna vez lo leí o lo oí se volvió evidente, y callé incapaz de entender mi falta total de memoria para acordarme de ese contacto cuando, paradójicamente, de la historia no había omitido detalle alguno.

Tantas vueltas le he dado a la piedra de esta historia que ahora emerge como canto rodado. Quizá no hay forma de saber dónde nacieron las historias que contamos, porque las oímos antes o aun sin hacerlo ya fueron dichas con detalles distintos o un atrezzo más antiguo. Y he de decir que todavía me angustia que alguien encuentre esa conexión perdida en mi memoria, que desvele mi impostura imperdonable. Si es así, sepan que esta historia me la contó el tío Ceferino, nada que ver con el tío de Juan Rulfo, y que yo simplemente la divulgo por si a alguien le sirviera para matar un rato.

Por suerte hay hormigas

Por suerte hay hormigas en la rama. Mi estómago lo agradecerá. No hay peor insomnio que el causado por el hambre. Aunque el frío y la lluvia que está empezando a caer tampoco me ayudarán a descansar.

Dormir no es un riesgo grave, pero hay que dejar siempre un ojo abierto y estar dispuesto a largarse ante cualquier intruso, que no suelen traer nada bueno. Todavía recuerdo vívidamente la última noche de mi hermano, fría y lluviosa, como ésta. Él canturreaba letras inventadas de peleas y romances imaginarios. Era el dueño de la alegría hasta que se lo llevaron. Ahora nadie comparte su calor conmigo y de la rama sólo salen canciones tristes, de ocasos y vidas desperdiciadas. Malas historias que nadie quiere escuchar.

O casi nadie. A veces se acerca Pal y sin darnos cuenta acabamos durmiendo uno junto al otro. Luego se va temprano, en busca de peleas en las que meterse, sin mirar atrás. Enhiesta las alas, seguro de domar el viento que brota de su envés, y levanta el vuelo como si su voluntad hubiera creado ya el hueco propicio para su silueta en todos los lugares donde reinará.

La caída eterna

Cuando me apremia comprar algo o necesito dar un paseo, como ahora, los primeros minutos en la calle son siempre extraños y un poco excitantes. El cielo sobre mi cabeza es de repente un precipicio hacia el vacío al que sé que no debo mirar para no caer en la ansiedad más absurda. Entonces me repito que la seguridad es completa, que mis zapatos imantados no me dejarán perder pie mientras siga los carriles magnetizados y que los mosquetones del arnés no se soltarán de las cuerdas guía.

Lo que le ocurrió a la señora del quinto es tan improbable que seguramente no volverá a repetirse jamás; además yo no tengo perro. Con los pocos animales que quedan, tener una mascota es un lujo innecesario y un problema si le da por irse corriendo fuera de las guías. No conviene cogerles cariño.

Aun así, salir es gratificante. El vacío exterior me hace olvidarme de Petunia por un rato. De su marcha. De su desdén cuando nos cruzábamos en la escalera. De su enamoramiento repentino por el extraño vecino del cuarto. De su salto voluntario por la ventana cogida de la mano de ese loco, ambos desnudos. De su lenta caída hacia el firmamento, como en una pirueta eterna. De su sonrisa todopoderosa mientras se hacía cada vez más pequeña, asida a la mano que la quiso entender.