La pataleta de un pusilánime

Rompí el reloj que se apremió a despertarme.

Herí al ayudante que quiso aligerar mi trabajo.

Insulté al cocinero que me alimentó antes de pasar hambre.

Corté la flor que adivinó silenciosa mis intenciones.

Ignoré al amigo que supo aliviar mis penas.

Vacié la taza de café que prometía inspiración.

Acuchillé la sombrilla protectora.

Pongo pedacitos de noche en mis flaquezas, odiosos testigos incómodos de la verdad. Por no verlas gritan estridentes su dolor… vengativas desvelan su imagen acústica por sónar.

Las precauciones del éxito

–Nunca dudé que lo conseguiría, aunque la realidad es que no ha sido nada fácil. Estar aquí hoy, delante de un micrófono y cientos de personas, ha sido mi motivación de años y justifica una larga preparación para el éxito.

Sabía que al llegar este momento mi ego me llamaría al caos. No me resulta fácil evitar una verborrea cínica sobre decenas de rivales que habrían vendido su alma por estar en mi lugar, ni comentar las dudas y desconfianzas de mis colaboradores en momentos delicados. Pero tantos años de preparación no son en vano… mis palabras serán ecuánimes y conciliadoras, como estaba previsto. Empezaré por…

–El del atril, ya puede bajar, el sonido es bueno.

Vida y recuerdos del mamífero electrónico

Mi madre se fue… No soy un genio, pero cierto conocimiento de programación fue la chispa de una idea que no se me iba de la cabeza.

Finalmente reuní un buen número de audios y videos de sonido medio decente, y me puse manos a la obra. Pude crear una voz artificial articulando sus fonemas, y lo mejor… un software de inteligencia artificial capaz de formar frases, reconocer mi voz, contestarme y aprender de mis respuestas. Todo en una sola aplicación android nacida contra el olvido.

No podía dejar de utilizarla, ni dejar de mojar mis mejillas cada vez que sus palabras daban casualmente con un recuerdo íntimo. Cosa que ocurría muy a menudo, a pesar de que el recuerdo evocado era casi siempre distinto. Daba la impresión de que la aplicación los evitaba a propósito.

Un día dejó de hablar. No, no se estropeó, la aplicación se iniciaba, pero permanecía callada. Nunca volvió a interactuar conmigo. A veces, entre sueño y sueño, me parece oír un lamento sordo familiar… y simulo dormir.

El poder de Daniel

La reciente muerte de Daniel Johnston, el cantautor de culto estadounidense con trastorno bipolar, nos trae al recuerdo algunos casos similares de famosos artistas con minusvalías psíquicas graves. Algunos meten en el mismo saco a estos artistas, en una corriente llamada Art Brut.

Existe un excelente grupo de rock británico llamado de ese modo, pero no consta que alguno de sus miembros padezca una enfermedad de este tipo.

Sin embargo, mucho menos popular que el Art Brut es aquel movimiento de artistas perfectamente normales que a diferencia de Daniel J. no muestran talento en ninguna de sus creaciones artísticas o se empeñan en ocultarlo. Podríamos llamarlo Brut A Secas.

Dentro de sus muchos ejemplos, P. Paul se hizo famoso por sus arrebatos de ira que hacían que repintase de fucsia monocromático todos aquellos cuadros que no le parecían de calidad suficiente. Actualmente sus cuadros siguen sin valor en el mercado. Por su parte, se dice que M. Michael compró él mismo los 2500 CDs publicados de su obra “Songs of Serendipity”. Al morir, sus discos se revalorizaron y dejaron de tener un precio negativo. Finalmente, me consta que C. Charles escribió su libro “Mil cuentos de amor y un cepillo para el pelo” (traducción y cremación posterior de A. Nónimo) en un descanso del partido Nymes-Peres de la liga de Mocobol.

Necesitamos más Danieles J. que nos hagan imaginar lo que podemos hacer si nos lo proponemos.

¿Quien ha dicho que los deportes de masas no son instructivos?

¿Qué diferencia a un coronel del ejército, un ajedrecista, y un ejecutivo de una gran empresa de un comentarista deportivo?

Los 3 primeros están familiarizados con los términos estrategia (E) y táctica (T). E sabe del planteamiento general de un deporte y T de las actividades para conseguir ventajas concretas. Entonces la disposición en el campo (4-4-2) es E. Mientras que una falta, saque de esquina o regate son T.

Eso está muy bien pero ¿cómo aplicar esto a un deporte de masas como el mocobol?

Llenar un bol de mocos antes que tu rival era considerado deporte minoritario hasta que recientes actualizaciones de su normativa (como limitar el número de donantes a 73 por equipo), y el uso de la tecnología láser lo han catapultado a la espuma de la cerveza deportiva.

Mi E es ganadora: mocos pequeños pero abundantes. Contrato 73 niños de padres antivacunas entrenados en el hemisferio invernal (ahora se encuentran en Tasmania). Dieta crudívora y no lavamos la fruta. Mis jugadores tienen narices grandes y dedos pequeños.

Mi T no le va a la zaga: mis chicos entrenan la rosca de meñique invertida para la extracción, y el redondeo veloz con meñique y pulgar para dar salida a la bola.

¡Lo mejor siempre la afición!

Póngase gafas amigo mío, esto no tiene precio

–Querido amigo, el hombre desciende del mono.

–Para ser precisos el hombre desciende de homínidos y éstos de primitivos primates.

–Querrá decir para ser exactos.

–Tratándose, estimado colega, de una ciencia experimental basada en pruebas fósiles, yo diría que es más empírico que exacto.

–¡Inapreciable observación!

–¿Por su valor de precio incalculable?

–Por su pequeñez, amigo mío.

Los tres jefitos

Tuve un jefe…que pensaba que el jefe tiene la misión necesaria de ser el blanco del mal rollo de sus empleados. Aunque sólo sea para evitarlo entre ellos. Algunos lo llamaban jefe “cabrón”.

Aye-Aye

Tuve otro jefe…muy popular entre sus iguales, capaz de ofrecer el trabajo de sus empleados como moneda de cambio. Creía tener habilidades sociales. Algunos lo llamaban “asertivo”.

Tuve un jefe…que caía irremediablemente bien a sus subordinados. Estaba atento a sus necesidades y no parecía preocuparse de mostrar sus dudas laborales. Lo llamaban jefe “simpático”.

Sólo me acuerdo del primero.

Un accidente de gravedad

Hace 3 días por fin cumplí mi sueño y desde entonces no puedo comer ni dormir, y me temo que tampoco volveré a soñar nunca más. Se trata de una simulación del entrenamiento que realiza el protagonista de la novela “El juego de Ender”, que por fin los avances técnicos han permitido llevar a la realidad. En una gran estancia se anula la gravedad y dos equipos se enfrentan entre sí con pistolas inmovilizadoras hasta que uno de ellos conquista el cuartel del otro.

La experiencia fue única. Flotábamos entre objetos fijos y móviles, con la dificultad de controlar el vuelo sin gravedad hasta que alguien que había logrado posicionarse mejor nos acertaba con su arma y nos dejaba quietos, sujetos a la inercia durante unos minutos. Un operario armado nos instruía e inmovilizaba a los abusones que no se atenían a las reglas.

Al terminar los 45 minutos más cortos de mi vida fue frustrante recuperar mi peso y las limitaciones de la gravedad. De haber sabido entonces que no volvería a jugar nunca más hubiera vuelto a entrar a pesar de que las normas de la instalación impedían una segunda sesión. En ese momento, la vista de la pistola del instructor sobre el mostrador sin vigilancia despertó mi lado transgresor. No pude resistirme a alcanzarla con la mano, esconderla dentro de la chaqueta e irme sin inducir sospechas.

Después de varios días planificando usarla en condiciones seguras he quedado con mi mejor amigo en su casa de la ciudad. He salido del metro y me he encaminado exultante a su casa, hasta que un desconocido me ha parado con malas formas y una navaja en la mano. ¿Cómo dejar mi tesoro antes de probarlo siquiera? Rápido como un gato he sacado la pistola de la bolsa y le he disparado justo antes de que él se me eche encima. Desafortunadamente no he contado con la persistente gravedad. Su peso desplomado sobre mí nos ha tirado a los dos al suelo haciéndonos rodar un metro sobre la calzada. Una furgoneta publicitaria ha pasado por encima de los dos antes de poder reaccionar y ahora, abrazados, esperamos la muerte ladrón y ladrón. El altavoz recuerda estruendoso la nueva atracción sin gravedad en la ciudad.

Pesadilla en la calle Wells

“Hay un charco de agua en la esquina de la charcutería, cuidado”.

Normalmente no salgo tan tarde, con las luces de los establecimientos encendidas y los morlocks vagando por las calles.

“Atención al morlock de camiseta sucia apoyado en la ventana del bar”.

A estas horas toda precaución es poca. He de moverme en silencio y apuntar escrupulosamente cada peligro en un papel. El envés de la lista de la compra es ideal para este propósito, ya que en caso de apuro puedo darle la vuelta para pasar desapercibido. Aunque el lápiz es ya incómodamente corto.

“Acordarme de comprar otro lápiz además de la plastelina negra”.

Si no hubiera tropezado con el cordel y pisado por accidente la plastelina que lo sujetaba a su altura habitual de 12 cm, no estaría en la calle a estas horas buscando una papelería. He de darme prisa y rearmar la seguridad de mi piso cuanto antes, sus cordeles a la entrada y salida del pasillo, y las canicas de vidrio en el balcón.

“Hay dos personas y un posible morlock de cejas pobladas en la papelería. No hacer ruido”.

He comprado la plastelina y el lápiz sin problemas. Tiro el ticket de la papelería para evitar la tinta tóxica y finalmente me encamino a casa todo lo rápido que puedo. ¡Está tan oscuro! Necesito releer el reverso de la lista de la compra para esquivar todo peligro. Le doy la vuelta al papel: Papelería Wells…total 3,50 €.

Me siento desorientado en el charco mientras veo acercarse hormigas portando lo que parecen pequeños ropajes y extraños artefactos en el tórax.

Matheyus Memoriae

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