Cuento rodado

A veces cuento historias que tienen sus aristas romas de tantas vueltas que han dado a lo largo de los años, que más que cuentos son cantos, cantos rodados. Limados por la corriente, a menudo encuentran acomodo en el fondo de un remanso oscuro, y más raramente enseñan su imperfecta convexidad a quien quiera verlos.

Una de las primeras historias que conté floreció perfecta y emotiva en mi infancia tardía, una de aquellas redacciones tan populares para los maestros de entonces. Tuve que leerla en voz alta, y nació curada de timidez. Cuando acabé, la profesora preguntó a la clase si alguien tenía algo que comentar, y yo creo que ya tuve la sensación de que algo no iba bien. Entonces, veinte manos se levantaron a la vez con un vigor inesperado, y sin esperar turno reclamaron mi cabeza por haber plagiado con todo detalle un cuento de un libro de texto de lectura de un curso anterior.

En mi defensa acerté a argumentar que nunca tuve ese libro, aún cuando sabía que tantas voluntades juntas raramente están equivocadas. Que alguna vez lo leí o lo oí se volvió evidente, y callé incapaz de entender mi falta total de memoria para acordarme de ese contacto cuando, paradójicamente, de la historia no había omitido detalle alguno.

Tantas vueltas le he dado a la piedra de esta historia que ahora emerge como canto rodado. Quizá no hay forma de saber dónde nacieron las historias que contamos, porque las oímos antes o aun sin hacerlo ya fueron dichas con detalles distintos o un atrezzo más antiguo. Y he de decir que todavía me angustia que alguien encuentre esa conexión perdida en mi memoria, que desvele mi impostura imperdonable. Si es así, sepan que esta historia me la contó el tío Ceferino, nada que ver con el tío de Juan Rulfo, y que yo simplemente la divulgo por si a alguien le sirviera para matar un rato.

Por suerte hay hormigas

Por suerte hay hormigas en la rama. Mi estómago lo agradecerá. No hay peor insomnio que el causado por el hambre. Aunque el frío y la lluvia que está empezando a caer tampoco me ayudarán a descansar.

Dormir no es un riesgo grave, pero hay que dejar siempre un ojo abierto y estar dispuesto a largarse ante cualquier intruso, que no suelen traer nada bueno. Todavía recuerdo vívidamente la última noche de mi hermano, fría y lluviosa, como ésta. Él canturreaba letras inventadas de peleas y romances imaginarios. Era el dueño de la alegría hasta que se lo llevaron. Ahora nadie comparte su calor conmigo y de la rama sólo salen canciones tristes, de ocasos y vidas desperdiciadas. Malas historias que nadie quiere escuchar.

O casi nadie. A veces se acerca Pal y sin darnos cuenta acabamos durmiendo uno junto al otro. Luego se va temprano, en busca de peleas en las que meterse, sin mirar atrás. Enhiesta las alas, seguro de domar el viento que brota de su envés, y levanta el vuelo como si su voluntad hubiera creado ya el hueco propicio para su silueta en todos los lugares donde reinará.

La caída eterna

Cuando me apremia comprar algo o necesito dar un paseo, como ahora, los primeros minutos en la calle son siempre extraños y un poco excitantes. El cielo sobre mi cabeza es de repente un precipicio hacia el vacío al que sé que no debo mirar para no caer en la ansiedad más absurda. Entonces me repito que la seguridad es completa, que mis zapatos imantados no me dejarán perder pie mientras siga los carriles magnetizados y que los mosquetones del arnés no se soltarán de las cuerdas guía.

Lo que le ocurrió a la señora del quinto es tan improbable que seguramente no volverá a repetirse jamás; además yo no tengo perro. Con los pocos animales que quedan, tener una mascota es un lujo innecesario y un problema si le da por irse corriendo fuera de las guías. No conviene cogerles cariño.

Aun así, salir es gratificante. El vacío exterior me hace olvidarme de Petunia por un rato. De su marcha. De su desdén cuando nos cruzábamos en la escalera. De su enamoramiento repentino por el extraño vecino del cuarto. De su salto voluntario por la ventana cogida de la mano de ese loco, ambos desnudos. De su lenta caída hacia el firmamento, como en una pirueta eterna. De su sonrisa todopoderosa mientras se hacía cada vez más pequeña, asida a la mano que la quiso entender.

La visita

El cuarto olía a requesón y a miel. La tenue luz a duras penas franqueaba los barrotes de madera lacada de una cuna. En su interior, un niño se aferraba al sueño como si sólo el jugo de almohada pudiera proporcionárselo. Músculos de algodón y dentadura de cojín desafiando a un mundo de dragones que no duermen. Mientras, el chupete de nariz enrojecida lloraba sus cadenas, o quizá la condena de la indiferencia.

Desde el salón, una voz de terciopelo me devolvió a mi lugar: «cariño, el cuarto de baño es la otra puerta».

Selfie con periódico «reservado R. Crack»

No se me da nada mal escribir. De hecho, en el despacho se comenta que mis cartas de despido son un modelo de concreción y estilo. Pero una petición de rescate plantea sus propios retos.

«Tómense esta carta en serio. Tenemos retenido a su empleado Roberto Crack en un lugar seguro. No avisen a la policía o no volverán a verlo». 

Lo mejor será reclamar la cantidad adecuada, ni tan baja como para arriesgarme por migajas ni tan redonda que predisponga a la negativa.

«Por el bien de Roberto depositarán 9.990 € en la cuenta bancaria que figura en la parte inferior de esta nota. Cuando dispongamos del dinero, y no antes, será liberado».

Para acabar pienso que sería bueno incluir una prueba de vida; casualmente tengo aquí el Marca.

«Como pueden ver en la foto, Roberto se encuentra bien todavía, aunque un paso en falso por su parte y tendrán que gestionar ustedes mismos sus recursos humanos. Firmado: los inhumanos»

Lo contrario del miedo, el miedo ajeno

Toño se puso al final de la cola, como tantas veces antes. Un chico modélico, aplicado y educado, según el juicio unánime de padres y profesores. Tan pacífico y bonachón que más de una vez había respondido con estoica indiferencia a las atenciones de los abusones de patio, quizá algo bobo para algunos malpensados.

Cuando llegó su turno se acercó a la rústica reja de hierro. Al otro lado, una monja anciana tuvo palabras sólo para él, igual que había tenido para todos los demás. Palabras musitadas a un niño que no debía ser él; que si era el más alto del grupo; que la responsabilidad de cuidar a los débiles; que si usar la fuerza para reunir y ayudar. ¿Esperando durante media hora para eso? No parecía desde luego el secreto susurrado de la salvación eterna.

Acabó la excursión a pie al convento y el grupo volvió al colegio en pequeños grupos dispersos, bajo el sol inspirador de primavera. Toño caminaba junto a uno de sus compañeros más bajitos, no un amigo, ¿acaso tenía alguno? Vio el cogote franco a su alcance y antes de pensarlo dos veces se sorprendió a sí mismo dándole un manotazo. El otro se quejó amargamente. ¿Y ya está? Siguieron caminando en silencio.

La momia

Un hueco hecho a músculo entre las mesas del Bar Amazonia sirve de local de ensayo improvisado para ese pequeño zoo que es el grupo de teatro municipal de Alhuedete. Darvinio, administrativo del ayuntamiento jubilado, se ha disfrazado de momia pasando dos vueltas de papel higiénico alrededor de la cabeza, que a duras penas oculta como un leve visillo ojo derecho, nariz y boca. Por lo demás, una camiseta de tirantes blanca de felpa y un pantalón más corto de lo necesario dejan al descubierto un cuerpo tan escurrido y moreno que bien pasaría por momia sin necesidad de la escasa envoltura facial. Darvinio levanta los brazos en un personal homenaje a la tradición más cinematográfica y exclama «¡Mi prrrrincesa!»

Enfrente, Elidia, peluquera y curandera aficionada, impone las palmas de las manos entre los arrugados dedos de Darvinio y sus propios ojos recién maquillados, en una posición reclinada casi imposible, mientras recita:

«Amor de tiempos pasados
que esculpes en blanda arcilla
el ocre color de mis mejillas
y mis blancos pechos en mármol irisado»

Los espectadores casuales, entre mordiscos de bocadillo y sorbos de cerveza, contemplan con arrobado embelesamiento la escena, sin imaginar el giro argumental que se avecina. Entra en escena Enhiesto, empleado de banca entrado en carnes e inspirado cantante de merengue en las verbenas de todos los pueblos de la comarca, que con un único y estudiado movimiento de muñeca empuja a Elidia y a la vez desvela el liviano ropaje del rostro de Darvinio. Entonces, con afectación y parsimonia sentencia «Imhotep, yo soy la verdadera reencarnación de tu princesa» y abraza a la momia.

Ernesto, maestro de primaria y director improvisado de la obra, se lleva la mano al mentón y corrige «Darvinio ¿la cobra no entraba en el segundo acto?»

Despistes cruentos

Las gotitas encarnadas que he encontrado en el portal del número 3 de la calle Matanzas, donde vivo, se suceden de forma periódica a lo largo de la escalera hasta la segunda planta. Al tocarlas dibujo una estela perfecta cálida y untuosa. Un meteorito orgánico y destructor que señala, petulante, la causa y a la vez destino de su lógica aplastante, la puerta abierta de mi vecino.

En la entrada del apartamento las gotitas han desaparecido, dejando su lugar a los vidrios esparcidos de una lámpara de mesa rota. Y un poco más adelante unos zapatos y un pantalón, con sus correspondientes miembros inferiores. Presumo que mi vecino, aunque no puedo verle la cara, oculta por el sofá. No queda más que llamar a los servicios de emergencia, que poco podrán hacer con su extrema quietud crónica.

Recojo mi bolso del suelo, debe habérseme caído antes. De él extraigo unos pañuelos de papel para calmar y consolar a la vecina del tercero que, a juzgar por su reacción histérica, acaba de darse cuenta del horror que se acaba de vivir en el piso. Los pañuelos me sirven para limpiar la sangre que gotea de mi brazo. Quizá las gotitas del portal fuesen mías después de todo. No sé qué me pasa últimamente, que se me cae todo de las manos.

La feria

Vivir frente al descampado es un seguro de tranquilidad todo el año y de aire fresco en verano, pero ¡ay! todo cambia durante estas fiestas patronales; por unos días la brisa nocturna me trae la estridencia musical de moda aderezada con sirenas y altavoces de tómbola. ¡La feria ha llegado!

¿Qué hago entonces paseando entre los puestos de tiro al blanco y los tiovivos de vértigo? Quería creer que acercándome a este guirigay evitaba abrir «El difunto Matías Pascal» en condiciones incompatibles con el disfrute de la lectura. Aunque ahora recuerdo que algo más atrajo mi atención desde la ventana: una atracción descuidada y carente de público que ofrece desvelar los misterios de Nietszche por el ridículo precio de un euro. Decido entrar, o quizá ya lo tenía decidido antes de salir de casa, pero antes negocio seriamente con el feriante una devolución en caso de aprehensión parcial de tales misterios.

La puerta da la entrada a lo que parece un laberinto de paredes de cartón piedra en penumbras. He de prepararme sin duda para recibir los sustos desaforados de un fantasma o un muerto en vida. Avanzo rápido deseando volver a mi sillón de lectura cuanto antes. Pero pasan los minutos y no aparece nadie, y la atracción empieza a volverse monótona. Ni siquiera oigo el desvarío del exterior. Tomo la decisión de ir siempre a la derecha, y luego siempre a la izquierda, sin resultado. Me siento un rato para descansar. Me despierto al sentir el frío del suelo en mi frente. Se han olvidado de mí o me han abandonado para no devolverme la moneda. ¡Maldita feria!

Tres siestas más entre estas paredes. Los gritos no encuentran respuesta. Veo desconchaduras familiares. Mi vista lo ve todo, pero no una salida. Uso mis llaves para abrir una vía en el carton piedra. Sigo en línea recta abriendo más. Después de unos diez agujeros las llaves desgastadas chocan contra una superficie metálica. Imposible continuar. Siento sed.

En el suelo hay algo frío y blando, un cuerpo. No lleva nada útil encima. Sólo un libro. Mi vista se ha adaptado a la semioscuridad lo suficiente como para leer el título, «El difunto Matías Pascal». Me siento, asegurándome de sentir en mi piel el contacto de la pierna del muerto, y abro el libro por la marca. Casualmente la misma página del libro que espera en el sillón de casa. Leo unas páginas y hago una nueva marca, vencido por el sueño. Mañana será otro día.