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Hubo una época en que se levantó toda restricción a la toma de imágenes, y ya había un promedio de 200 dispositivos tomando imágenes por persona. Fue un tiempo divertido y extraño, en que nadie tenía nada que esconder, ni sus actos, ni sus motivaciones, ni sus límites éticos. Había inocentes que se agarraron a sus pensamientos más privados, creyendo fútilmente que sencillos algoritmos de comportamiento no podían arrebatarle esos pensamientos utilizando patrones de respuesta gestual a inputs externos. La privacidad fue posible por unos días hasta que el software de autoaprendizaje puso los puntos a las íes de «mentira» y «simulación». Fue un tiempo curioso y revelador, en que unos pocos llamados locos reinaron en un mundo de cuerdos atrapados en su coherencia inútil.

Qué esperar de Seúl

Ahí está de nuevo el chico de administración, con su camisa arrugada, su barba descuidada y su trasero de musical de Hollywood. Ha entrado en la cantina como si fuese la primera vez, solo y pidiendo disculpas a la vaca por haber elegido ragú de ternera en el menú; no puede hacerse una entrada más discreta ni más gloriosa. Y no en balde me siento últimamente cerca de la puerta. Son mis cinco minutos de paz, sin acordarme del dichoso presupuesto de los coreanos, de si es demasiado caro pero demasiado necesario… como si la necesidad fuese cuantificable.

—Perdone, ¿está ocupado este sitio?— me dice para a continuación, en respuesta a mi ademán, sentarse en la silla donde cuelga mi bolso.

—Disculpa, pásame si te molestan esos papeles que he dejado sobre la mesa— el presupuesto, con vida propia, me ha seguido hasta el comedor.

—Veo que tiene caracteres coreanos. Precisamente pasé tres meses en Seúl el año pasado.

—¿No tendrás conocimientos en comercio internacional? Estamos como locos buscando a gente en nuestro departamento.

Me responde con una sonrisa desaliñada y barbuda, y no puedo evitar la impresión de que en cualquier momento va a ponerse a cantar y bailar encima de la mesa.

Términos en la lona

«La señora de la casa había alentado una pasión fugaz con la profesora particular de su hijo»… ¿o quizá efímera? Um, veamos qué adjetivo se gana el puesto.

Señoras y señores, ¡bienvenidos al duelo del párrafo cinco! A mi derecha, en actitud misteriosamente esquiva, «Martillo Fugaz» promete emociones intensas y un rápido golpe certero en algún órgano sensible de su rival. A mi izquierda, nervioso como un castillo de naipes en las manos de un pirómano, «Efímero García» desea una pelea limpia mientras se asegura de tener una toalla a mano.

«Fugaz» gana por KO en el primer asalto. La lona nunca falla a un escritor en apuros. Como siga así, en unas diez peleas más podré entregarlo al autor.

Chochear conjugado

¡No! No han pasado cien años, apenas cuarenta, y no hay razón para olvidarse de un pensamiento sobrio e inabarcable que coquetamente exhibió su perfume ocho segundos y se fue de vuelta al limbo de lo que no será. ¡Ventana prodigiosa! Ventana a la pradera de los 800.008 genitales, falos y clítoris, que lloraban elegantes vaivenes y reían aromas matizados por siglos de alquimia. El primer segundo más que suficiente para verlos y olerlos todos; el segundo para rumiar sus saberes; el tercero para elaborar una idea ocre y rugosa, que no podía ser de otra forma; el cuarto, el quinto, el sexto y el séptimo para paladear su eterna infalibilidad; el octavo para sonreír triste su fugaz existencia. Hoy ha vuelto con un bonito barniz brillante disfrazando ocho lustros de fétida podredumbre.

Homínido en tercero de paleo

—Estamos de suerte, Dr. Ammos. Hemos llegado al estrato de hace 100.000 años y es abundante en restos fósiles. También hemos encontrado dientes humanos en buen estado, suficientes para la secuenciación completa de su genoma.

—Buen hallazgo Mario. Por la cantidad de basura manufacturada apostaría que tenemos un ejemplar de Homo stercus, nuestros antecesores más cercanos. Afortunadamente un evento climático forzó la desaparición del ramal. No creerías cómo se llamaban a sí mismos.

—¡Por favor doctor! ¡Estoy en tercero!

El legado del séptimo puente

Dicen que los suicidas no suben a este puente en invierno, porque el frío los convierte en hielo antes de tocar el río y así no hay forma de hundirse.

También cuentan que la bota que cuelga de su estructura recuerda al caminante que se anude bien las suyas antes de cruzar, que los cordones libertinos quedan a menudo prendados de las historias que cuentan las viguetas de hierro, consintiendo que algún que otro descuidado haya vuelto a casa con un pie desnudo.

Las cuatro de la mañana y nadie a la vista. Es el momento de atravesarlo por última vez. Siete puentes volados y todos han dejado historias de sabiduría y temor, huérfanas y pasajeras de la barbarie que nos consume.

Juego básico de herramientas

La cisterna del retrete hacía un ruido molesto e incesante, como de aspersor. El aspersor de las casas tristes y antiguas que no tienen jardín.

Tres meses en el piso habían bastado para hartarme de esas pequeñas reparaciones, de aquel grifo que goteaba con la cadencia de una antigua tortura, la llave de la luz que transmitía la corriente, el olor a gas en la cocina, y finalmente la cisterna. Tal cantidad de desórdenes en tan poco tiempo sólo se explicaba por una desidia mayúscula de los anteriores inquilinos, o una mano negra tratando de desquiciarme.

No pedí ayuda a Alejo, no se encontraba en el piso y en realidad tampoco contaba ya con él. En esos escasos meses había hecho bandera de su nombre, alejándose cada día más de mí y del propio Alejo, aquel estudiante que contestaba al teléfono anotado en las tiras recortadas de un anuncio invitando a cervezas. Apenas hablaba ya si no era para maldecir su suerte o quejarse del pelo de Jack, el cachorro famélico que un día me siguió desde el campus y del que no supe desprenderme desde entonces.

Después de una mínima deliberación supe con certeza que emplearía un juego de herramientas ligero y versátil: cepillo de dientes despeluchado, cuchillo de punta mellada y, cómo no, cinta aislante negra. Pasé la prueba del tornillo camuflado tirando de cuchillo a contramella, a modo de destornillador, y abrí la tapa de la cisterna sin dificultades. El pelo gris empapado se arremolinaba alrededor de unas rígidas uñas retráctiles que no habían servido más que para inventar el aspersor en una casa triste y antigua.

Sentí un escalofrío al rememorar mi destreza con el tornillo camuflado e intuí que no debía abrir la puerta del cuarto trastero.

Cebollas contra pepinos

—¡Niños! ¡Quitaos los patines en casa y bajad el volumen de la tele! ¡Mamá está trabajando!

«Faltan sólo cinco minutos para la reunión por videoconferencia y aquí me veo, riñendo a los bordes de mis hijos y rezando para que el wifi no falle. Espero al menos que dure menos de 40 minutos, para no tener que ir al horno antes de que acabe. ¿A quién se le habrá ocurrido poner la reunión a la una?»

—¿Alguien puede acercarme el móvil, que está en el comedor? ¿Me oís?

«Tendré que ir yo, como era de suponer. De todas formas no se ha unido nadie todavía. ¡Qué raro! Y luego se burlan de mis despistes. ¡Imperdonables despistes! Nadie quiere cerca a un agente del caos, prefieren al pasota o directamente a un malvado predecible. ¿Y esto?, diez mensajes en el wasap de la oficina.»

—¡Arrrrg! ¡A las onceee! Menos mal que tengo verduritas en el horno.

Café con Rama

Rama Milky no tenía enemigos, pero tampoco compañeros de farra. Incapaz de hilar una conversación de más de tres comas con nadie, daba la impresión de estar de paso por esta vida, de camino a quién sabe qué paraíso lejano.

Algunos se acercaron a Rama con insignias de colores en la solapa, entre los que se encontraban indignados de corsé, portadores de banderas, sabios de estudiada dicción y verbo refrito, huraños sociales, conferenciantes culturistas, científicos positivistas, sibaritas del café, adalides de la mentira repetida, rebeldes de sillón, nostálgicos de uniforme, absolutistas, críticos del arte de criticar, caníbales obesos a dieta de flacos, ludópatas de juegos por inventar, enumeradores y otros muchos.

Rama sabía mantener un mínimo de cortesía con todos ellos. Cierto día le abordó un pretendido antropólogo en uno de sus paseos, que pareció alegrarse de que Rama le invitara a tomar café. Al llegar a una puerta, Rama la golpeó tres veces antes de usar la llave para entrar. Cuando el invitado observó que sin duda alguna vivía en soledad le preguntó la razón de los golpes. Él contestó con una sonrisa mientras tendía la taza. Después de un desasosegante café en silencio, el antropólogo pretendió tener un trabajo urgente que le obligaba a irse. Rama insistió en un segundo y después un tercer café, igual de silenciosos. Al salir, Rama dio la tercera vuelta a la llave mientras el curioso ya había dado la vuelta a tres esquinas.

Distopía en la sopa

Tanto tiempo elucubrando con lúgubres distopías nacidas del proselitismo político más arcaico, inspiradas en fuentes anti-elijasuopción-istas y resulta que podríamos estar ya viviendo en una. ¡Tatachán!

Dicho así suena a tópico de visionario desnortado, y bien podría ser así, de modo que animo al que lea esto a que me deje su opinión, aunque sea positiva. También he de advertir que a riesgo de parecer críptico o directamente ininteligible voy a condensar la idea al mínimo, por falta de palabras y de tiempo. Así:

La distopía universal (DU) que vivimos no tiene su origen en una facción extremista, sino en todos nosotros (léase hombres), y no la alimentan ideas políticas ni económicas, sino la bien engrasada maquinaria humana de supervivencia, como especie. Aquí muchos habrán perdido la ilusión de la novedad fácil, pero continúen por el camino arduo o váyanse a ver la tele; ambos caminos le ayudarán lo mismo.

Entramos en la DU con la ilusión de la conciencia de individuo. No somos uno, sino millones de unidades biológicas potencialmente autosuficientes (células) que se han especializado exquisitamente para proveerse de lo necesario para sobrevivir, incluyendo por supuesto del deseo de vivir, imposible sin la existencia previa de la conciencia de individuo. Ese deseo de vivir nos ha permitido eso, vivir, que no parece poco, pero eso lo tiene cualquier animal, y cualquier ser vivo que exista o haya existido con quizá alguna otra formulación. La ilusión/deseo de vivir es por tanto la base del resto de ilusiones, y la principal razón de que nos veamos en esta disquisición.

La contribución humana a la DU es posterior, escuetamente la ilusión/deseo de saber la verdad. Esta ilusión nos ha puesto en la cumbre de la naturaleza, como si un puñado de células, con las herramientas de grado “célula” fabricadas para imponernos a otros sacos de células fueran suficientes para entender el Universo (lo siento, no es así).

Pero dirán ¿quién puede creer que esto es distópico? Una ilusión lleva a otra, la de vivir, la de ser uno, la de saber, la de creer a pies juntillas lo que dice un libro antiguo, la de ser mejor que otros, la del absoluto, la de la certeza de posiciones totalmente arbitrarias, todo pura ilusión, la pantomima que rige nuestros actos de seres dignos, serios, sesudos y enfadados.

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