El viaje de Jorge Mull

El día que murió su padre, Jorge Mull le había visto absorto, con la mirada fija en la ventana, mientras estrujaba un papel amarillento entre sus dedos. Esa imagen volvió más tarde para quedarse permanentemente tatuada en el cristalino de sus ojos. Le costó encontrar el papel, atrapado bajo una piedra plana en el fondo de un cajón que nunca había abierto antes, pero allí estaba, atestiguando el proyecto frustrado de su padre de recorrer a pie todos los caminos conocidos del pueblo donde nació. Y añadiendo un tatuaje nuevo a su cristalino.

Aunque había cubierto todas las etapas anteriores con incansable alegría, en el fondo sintió que ya no era lo mismo, que cualquier día se quitaba las zapatillas y se subía a un vehículo que diera un fin rotundo y definitivo a su viaje. Tal y como ocurrió con el inicio de su aventura, el destello de la idea fecundó un embrión que incubaría hasta el día menos pensado. El de la vuelta. Hasta ese día seguiría andando entre riscos y arbustos, entre pinos y por lo visto… escolares. Un joven de unos doce años con uniforme escolar apareció en medio de la senda, removiendo guijarros y ramas de romero a la sombra de un quejigo.

—Hola ¿has perdido algo?— Jorge Mull se acercó al joven mientras evaluaba la mejor forma de rodearlo.

—Busco objetos del futuro— dijo el joven sin dejar de retirar piedras y airear arbustos. Y como el caminante seguía intrigado delante de él, hiló una breve explicación a desgana. —Me acabo de mandar la ubicación y la fecha de hoy por correo electrónico, y he programado una repetición del mensaje una vez al mes, con la petición de añadir a mis hijos y nietos cuando los tenga, y que la cadena se transmita a las generaciones futuras. Está claro que algún día se podrá viajar en el tiempo…

—¿No crees que puede romperse la cadena por olvido, dejadez o un desastre natural? —dijo el viajero, descartando aludir a otros posibles fallos del plan.

—Podría ser, pero no lo sabré si no lo pruebo.— Seguía en su rutina escudriñadora aunque con un ímpetu que decrecía a ojos vista.

—No te decepciones si no es así. Piensa que si encuentras algo que sea aunque remotamente parecido a un objeto del futuro, te conformarás y abandonarás inmediatamente la idea. Y de seguro, tus descendientes jamás se enterarán de ella. No puedo darte algo del futuro, pero sí del pasado. Te lo presto hasta que nos volvamos a encontrar— Jorge abrió la mochila y de ella sacó la piedra.

—¡Un fósil!— El joven tomó la piedra y la devoró con la vista por sus dos caras planas.

Jorge Mull acompañó al niño hasta el pueblo y volvió a casa luciendo una amplia sonrisa. Ni la localización ni la fecha eran correctas. ¡Una verdadera chamba encontrar al chaval!

(Originalmente publicado en masticadores archipiélago, https://masticadoresarchipielago.wordpress.com)

El junco y la retama

5342 likes ¡y subiendo!, mi récord de toda la vida. Y esto no es más que el principio. El próximo video llevará caídas de patinete eléctrico, caras desdentadas y música de la ópera “Carmen” variando a altas y bajas revoluciones. Lo empiezo nada más llegar al pueblo, cuando acabe por fin este viaje interminable.

No son juncos de guijarro y alga, como mi mirada desinteresada quería hacerme creer, sino recia retama, de manos huesudas y largas, amables y delicadas cuando acarician e hirientes y mortales cuando ensartan sus dedos sanguinolentos.

Un viaje tan largo por las llanuras mesetarias podría haberme servido para mostrar mi lado más inspirado e íntimo en un story de instagram, “mi viaje interior”, pero ya es tarde para eso, lo único que quiero es llegar cuanto antes al muermo del pueblo y revisar las últimas visualizaciones. Aunque quizá pueda echar un vistazo rápido ahora que no hay casi tráfico.

El viento mueve las hojas aciculares de la retama con gracia infinita, casi diría que con amorosa dedicación. Yo no cuento en eso, sólo me interpongo como un terrón o una cagada de urraca a su oscilante baile, con mi cuerpo inerte y frío, loco por volar de esta cuneta a otro lugar, cualquiera que no tenga esta retama silenciosa. A ser posible al junco alegre y ruidoso de libélulas y culebras de agua.

Morcillismo

Hace treinta días que el azar se avalanzó sobre mí con el regalo de la fortuna y un alegre zurrón de promesas. No podía imaginar que un mes después la suerte y la crisma se romperían juntas sobre el húmedo suelo de una selva tropical.

La notificación por correo electrónico decía escuetamente «Enhorabuena!»… así, sin la exclamación inicial… «su participación en el concurso Liana, la morcilla vegana ha sido premiada con un viaje al parque natural de Borneo, el hogar del mono narigudo». Y adjuntaba una foto de agencia de un bosque tupido con lianas, y la de un extraño mono con una nariz enorme.

¡Maldito mono!

Crema contra insectos, cámara nueva y tarjeta de datos… el 4×4 da saltos de tiovivo y el aire de la mañana me llena los pulmones del denso perfume de la vida… tela mosquitera, guía de la isla y diccionario práctico de inglés… ¿cómo desaprovechar la ocasión de sustituir al conductor unos minutos en un camino así?… plano del parque, lugares de interés y actividades de aventura… la inefable sensación de poder al volante un segundo antes de que se cruzara el…

¡Maldito mono!

Los fragmentos del faro izquierdo se esparcen sobre el animal a una nariz pegado. Y dos o tres de su especie, que al parecer le acompañan, se debaten entre acercarse o huir despavoridos. Finalmente, uno de ellos asume el riesgo de arrimarse al  turismo para comprobar lo evidente, que su colega y él no volverán a estrecharse narices y colas, o lo que sea que hagan los monos narigudos. Entonces, carga al hombro los despojos de su amistad y se escabulle entre la vegetación.

Quizá no deberíamos haber seguido un viaje maleado a partir de entonces por los silencios y las miradas de reproche del retrovisor; ni mucho menos haber subido a una vieja tirolina mohosa. Ahora, a mitad del vertiginoso camino de bajada, el latigazo de una cuerda destensada y lo que parece el destello de un trozo de metacrilato de faro de coche se mezclan en mi mente enajenada con olores y sabores de otro mundo.

¡Maldita morcilla!

—–Originalmente publicado en masticadores de letras—–

El escrutador

(Originalmente publicado en masticadores archipiélago, https://masticadoresarchipielago.wordpress.com)

Levanto los prismáticos de la mesita desconchada y me los cuelgo del cuello, con la misma desgana descreída de cada día de los últimos ochenta años. Me pongo la chaqueta raída, el gorro de lana y las botas de suela gruesa, prendas de antiguos inviernos para un día de julio espléndidamente helado, seguro de que fuera no habrá nadie que pueda burlarse de mi aspecto.

Me dirijo al montículo, subo la escalera de la torre y me siento en la silla. Comienzo a escudriñar el cielo con nula esperanza de que sirva para algo, si no es para mantener la paz familiar… ¿Familiar he dicho? Judit es la inteligencia artificial del refugio, y con el tiempo ha llegado a ser compañera, amiga y amante, pero no sabría si lo nuestro es una familia. En cualquier caso me debo a la división de tareas, y ésta no es la más peligrosa, a no ser que algún ciempúas se esconda entre la ropa.

Ciempúas… o ciempiés, ya no recuerdo qué era nombre y qué apodo. Después del colapso salieron de la nada como esperando la ausencia del granjero para levantar su propia rebelión. Ciempúas, perros salvajes y sobre todo las fiebres del estío acabaron por diezmar a los pocos que sobrevivieron a la destrucción y al frío. Fuimos unos simples tentetiesos en manos de alimañas.

Pero no todos cayeron, o eso quiere pensar Judit. Unos pocos afortunados supieron buscarse un billete a lo desconocido y emigrar al exterior reuniendo toda la riqueza del progreso de 100.000 años. Algunos transbordadores salieron de la atmósfera hacia estaciones en órbita con la promesa de volver a traer ese tesoro si las cosas mejoraban. Y esa es la esperanza de Judit que me mueve todas las tardes a otear el firmamento.

No seré yo el que le quite esa pizca de humanidad en sus circuitos, ni el que le describa el dolor del último humano que bajó a la superficie cuando se agotaron sus recursos en el espacio, hace ya tanto tiempo.

Ni le hablaré de esas largas siestas que hacemos cuando se para el viento durante varios días.

Ni dejaré de vestir estas ridículas prendas humanas mientras ella nos vea como la última pareja del planeta.

Ecuación

No estoy comiendo un plato de langostinos por gusto, es ciencia, pura ecología humana. ¿Cómo puede si no entenderse que siga en la mesa de la cena de Navidad a pesar de lo que estoy viendo? La jovencita X de mi izquierda ha vuelto del baño pero no parece la misma; no sé si se ha puesto peluca o se ha cambiado de vestido; diría que se ha dado cuenta de que llevo un rato fijándome en ella y no tardará en echarme una mirada de reproche. A mi derecha, el señorón Y no para de hablar de todo, de política social y de economía circular, de pollas sostenibles y vulvas resilientes. En su boca el polvo de cuerno de narval se convierte en bicarbonato contra la acidez. Y ahora vuelve el malote Z de enfrente diciendo que viene de felicitar al jefe de sala por el jamón, suficientemente tierno pero a su vez bien curado. Quien sepa despejar las incógnitas de esta ecuación humana merecerá mi respeto para siempre, ¡bye!

Durante el escaso segundo que el matemático Ecuánime cruza la puerta de salida, la señorita X interrumpe escuetamente al señor Y para devolverle las llaves de un Mercedes, y el malote Z la mira divertido mientras acaricia un sujetador en su bolsillo izquierdo.

(Originalmente publicado en masticadores archipiélago, https://masticadoresarchipielago.wordpress.com)

20:00

Unos perros alborotan en la calle bajo la ventana entornada de la habitación. En su propio idioma parecen echar el cierre a la tarde primaveral de aromas florales y chancla, de cancelas y piano. El aire entra y mueve los visillos con el tantarantán humano de sus dueños, igualmente ininteligible. El tiempo se estira y cuelga del asa de la ventana dando una prórroga benefactora al día agonizante, que expele su sabor edulcorado una corta eternidad más.

Son las ocho en punto y seguido.

Juanan el negacionista

Juanan no confía en los gofres con su merma reticulada, que si fuera para llenarse de abundante nata sólo escasearía por una de sus caras, la de arriba y nunca la de abajo

Juanan no escucha al vecino de los timbales tribales; no le escucha cuando a las siete toca, no le escucha cuando a las ocho protesta por el escandaloso silencio de la indiferencia

Juanan no cree en honras decentes que llenen los minutos perdidos del encuentro casual, que de juicios de cristal ya tiene lleno el contenedor de su memoria; ni cree en el dios del camino único

Juanan es negacionista de las parábolas con punto final y por eso

no hay

Pesimismo biológico

Todos hemos oído decir o dicho “no es pesimismo, sino realismo” una infinidad de veces, con la íntima certeza de que en realidad sí era pesimismo. Sin embargo, en cuestiones de ciencia experimental el pesimismo se construye con hechos probados. Por ejemplo, no hay nada en la física o en la química que llegue a estar nunca quieto, ni un electrón, ni una molécula, ni una estrella; y la biología no es una excepción. No hay ser vivo que pare su metabolismo ni su voluntad, y tampoco para la EVOLUCIÓN. Palabra grande y concitadora de admiración, como la tectónica de placas en geología y la entropía en termodinámica, que tampoco pausan en su camino. Pues la evolución ejerce su labor moldeadora día y noche, más en la noche aterradora que en el día de esplendor, para convertir a uno en otro y enemistar a hermanos y arruinar a pretenciosos que pensaban tener la exclusividad del yo y del será. El será siempre llegará a ser fue, porque no hay especie ni yo que dure por siempre. Eso lo postula el sentido común y lo demuestra el registro fósil. De este modo, postulando la desaparición “impepinable” del Homo sapiens y del pepino mismo, por extinción o modificación, no cabe más que disfrutar del momento o alternativamente prepararse para la marcha.

Como un enfermo terminal que se resiste a abandonar las rutinas, vivimos en una inmortalidad ficticia los últimos días de nuestro reinado. En lugar de eso, un pesimista biológico (p.b.) podría poner las bases de un futuro distinto. Sabedor de su efímera existencia como animal y como especie, el p.b. aprendería a cambiarse a sí mismo, y no dejarle ese privilegio al ecosistema; renunciaría a modificar lo demás para modificar a sus hijos; para hacerlos más sabios y ecuánimes si es que es posible un consenso humano sobre la sabiduría y ecuanimidad. Ignorando quizá que la sabiduría es para una mayoría optimista algo similar a una debilidad congénita. Saberse sabio equivale a admitir la propia inferioridad en la mente ajena del optimista, y no preocuparse por ello.

Cambiarse no es una solución, sino un camino ineludible, la única respuesta a nuestra siniestra tendencia a hacernos más grandes que nuestra casa, para no acabar derribándola de un pedo. Y ese cambio no puede ser ético ni conceptual, sino físico y bien físico, que el alma reside en nuestros pelos y uñas. Que seamos otros antes de ser nada, y que la biotecnología sea nuestra medicina y nuestra religión. Quizá el pesimismo biológico sea paradójicamente el único recurso que pueda darnos algo más de vida, basada en el respeto consciente, en la claridad perceptiva de nuestro poder para destruir, usado para cambiarnos.

Náufrago literario

Hoy he barrido la arena a la salida de la cabaña, como si de una casa de pueblo se tratase. Es mi jardín particular de cangrejos y algas, que sólo las gaviotas saben apreciar cuando vienen a por su ración de vísceras de pescado.

Están amaestradas ¿sabe? Mi salida con el plato de hoja de palma es la señal que ellas esperan para comenzar su picado veloz. Les lanzo los restos al aire, que cogen sin dejar caer nada a la arena. A cambio me permiten probar de vez en cuando su jugo de ave, quizá esperando el momento, ojalá lejano, de hacer el picado sobre mis restos inertes. Ese día me las imagino tristes por perder la diversión de cazar peces al vuelo, y contentas por mí, que de tantas historias que les he contado se saben mi vida y mis penas de memoria.

Y disculpe si ahora llega la parte confusa y disonante del relato, a unas palabras de consumir mi tinta de calamar sin haber dado una sola pista de mi localización, ni de mi situación desesperada. Sepa sólo que no debe asustarse si alguna gaviota le hace un picado artístico sobre la comida que deja, y pregúntele por mí y dónde encontrarme, que sólo ellas lo saben con seguri