Arte en la piel

Al abrir el buzón y ver la nota envuelta en un sobre negro, el corazón me ha dado un respingo que me dejado sin resaca. Esta vez reviso el texto manuscrito sin leerlo y me paro en la decimotercera palabra, la única que me importa y a la vez me aterroriza…”nalgas”.

Subo corriendo al piso. Sin cerrar la puerta voy al baño, me desnudo y contorsiono mi cuerpo para observar en el espejo que se trata de una calavera coronada. Al menos el tatuaje no es visible con la ropa puesta. Desalentado, abro mi agenda en la entrada del 13 de diciembre y escribo una anotación tan parecida a la del año pasado como inútil: “Excusar ausencia cena”.

Persecución

Procedente del vehículo de ahí delante nos llega un rastro de humo y caucho quemado tamizado por la llovizna, empleando sus últimas gotas de combustible en disparar a discreción grava de la cuneta interior de cada curva. Vana réplica grava contra balas.

Fiero è orgulloso in italiano

Fuente: Pixabay

A Massimo Fiero le hacía gracia jugar con la equívoca reminiscencia de su nombre a pasiones de novela romántica, cuando en realidad su traducción del italiano es bien distinta.

En los 23 años que residía en este país sólo había tejido dos vínculos inquebrantables, el compromiso con la educación de su hija Gabriela y la búsqueda incansable de la perfección en la elaboración de la pizza.

Gabriela había entrado en la facultad de matemáticas este año tras superar dificultades de todo tipo gracias al apoyo emocional y económico de Massimo; negocio que le había procurado a éste ilimitadas plusvalías en forma de alegre y serena autocomplacencia.

Y ahora, en una filigrana de felicidad improbable, la pizza margarita de la mesa 19 le ha hecho una promesa efímera de amor eterno desde el horno a leña. Un amor consumado a 250°C entre aromas de albahaca y carne a la brasa y los aspavientos del personal de cocina.

La vía determinista de Camilo Ter

Camilo Ter no tenía un sola razón de peso para acabar con su vida, pero ¿qué razón es necesaria para seguir un camino cuando no hay una maldita señal o evidencia de que haya otro?

Ese día Camilo hubo batido su registro personal. Nunca antes había corrido la distancia de su casa al puesto de churros con su respectiva vuelta en menos de 23 minutos. Quizá fue por reducir su ingesta habitual de 5 a sólo 3 churros, o porque los propietarios habían cambiado el puesto de esquina, pero ninguna de esas razones afectaba al hecho ineludible de que había roto la barrera psicológica del 23. El próximo hito primo, 19, requeriría de medidas más contundentes.

Lola Galp, su esposa, no dudó en felicitar con efusividad a Camilo por su logro, conocedora de su debilidad por los números. Que ella tuviera un amante habitual estuvo a punto de acabar con esta modélica relación en su momento, pero una argumentación oportuna a favor del número 3, posiblemente la hija mimada de Camilo en el mundo de los números, convenció a su marido de que la situación no era tan grave. Con el tiempo Camilo halló gusto en masturbarse más de una vez imaginando la relación consentida.

No hubo desplantes ni encontronazos ese día. Más bien parecía que el río de su vida acabó despeñándose por la cascada de un simple accidente geográfico, una maldita falla. Sostuvo la silla hasta la ventana, sin arrastrarla para no irritar al vecino, se quitó los zapatos para no manchar el tapizado, y ahuyentó a un perro callejero antes de saltar al vacío.

La ley Giftofgods de equilibrio emocional

Un día antes de conocer los asombrosos pañuelos de papel con aroma a hierbabuena Giftofgods no daba un céntimo por seguir viviendo un día más. No es que tuviera problemas irresolubles, ni siquiera importantes, pero nada despertaba en mí el más mínimo interés y mi única aspiración consistía en prolongar el sueño una, dos horas más.

Abrí aquel paquete que no recuerdo haber comprado ni visto antes, y desdoblé el primero de los diez pañuelos. En seguida sentí el bienestar y la seguridad de encontrarme en un verdadero hogar, muy lejos de la enajenación zombi que llenaba mis horas de entonces.

Elucubraba sobre los efectos de las hierbas aromáticas sobre el carácter cuando sonó un fuerte estruendo en la calle. Justo bajo mi ventana se extendía inmóvil el cuerpo de mi vecino Camilo Ter. Un hombre familiar y en apariencia feliz hasta la fecha.

Salí a estrenar mi nuevo buen humor a prueba de incidentes escabrosos a la pizzería Fiero, un establecimiento cercano que solía frecuentar cuando consideraba la cena más un placer que una carga prescindible. Desplegué un segundo pañuelo para secarme las manos en el baño. Todo un preámbulo aromático del pan con tomate y orégano que me esperaba en la mesa, y que despertó en mí una sensación de alegría injustificada y caprichosa.

Al acercarme a la mesa un barullo se levantó en la cocina abierta. Un pizzaiolo trataba de sacar algo pesado del horno. Tras forcejear cinco minutos, primero los pies abrasados y luego el resto del cuerpo de Massimo Fiero atravesaban la estrecha puerta del horno de dentro afuera.

Desde entonces no he sabido resistirme al subidón de euforia que despertaba cada nuevo pañuelo Giftofgods, a pesar de los efectos colaterales que nunca se hacían esperar más de unos pocos minutos. Como si de una extraña ley física se tratase toda brizna de felicidad y autoestima en mi persona se convertía en desesperación suicida en alguien cercano.

Tres días con una bolsa vacía en el bolsillo y no sé otra cosa que recorrer supermercados y portales de venta online.

El jardín zen de Kagome

Fuente: Pixabay

Los avances en la maqueta de la casita japonesa comienzan a atascarse después de una semana de rápidas mejoras diarias, y es que el cutter ha coloreado de un rojo vivo el exasperante relieve del tejado en lugar del previsible ocre.

Tapono la herida con papel de cocina doble capa, ya que tan afilado el cutter como presume no sabe cortar derrames; y subo al tejado de nuevo. Pero pronto el pegamento bendice la improbable triple unión de simulacro de teja, papel de cocina doble cara y yema ensangrentada.

Trato de usar las pinzas para colocar la teja a favor de aguas sobre el pulgar, para evitar goteras que dañen la estructura doble capa del papel, pero la mezcla de pegamento cola y sangre cementa en segundos, dejando la teja en un ángulo cubista, muy del agrado del arquitecto-pintor vanguardista que eventualmente parece habitar mi diminuta obra.

Convertida una mano en extensión-cobertizo de la planta principal, sólo me queda la otra para sostener-cortar-pegar y hacer grafitis de kanjis en la fachada. Dibujo unos ojos y una sonrisa en el papel doble capa del pulgar y comienzo un nuevo proyecto, un jardín zen en el arenero del gato.

A mí no me miren, sólo soy un monito

Fuente: Pixabay

El comandante Cosme Star planeó un viaje a este extraño mundo apenas unos días después de que el “life analyzer” estimara una alta probabilidad de encontrar seres de razonable inteligencia, dependientes del agua y basados en el carbono. Y aparentemente no se equivocó.

Sin embargo las particularidades biológicas de este mundo son cuando menos curiosas. Siendo muy parecidos a nosotros, los “gologs” tienen extraños tics conductuales. Entre ellos hay fanáticos que usan la credibilidad de la imagen y el sonido (por cierto tan fácilmente manipulables con su tecnología actual como en nuestra Tierra) para fundamentar sus mayores locuras, mientras que la razón ha de esconderse en la fe de las buenas ideas.

No hay callejón que no albergue a un científico o filósofo predicando sus enseñanzas entre contenedores de basura, listos para recoger la manta si aparece un uniformado.

Por otro lado, echadores del tarot y predicadores ocupan escaños de parlamentos y programas televisivos donde divulgan su propia verdad a través de vídeos de 30 segundos y documentos probatorios firmados por el procurador K.

Realmente no sé qué cataclismo tendría que ocurrir para llegar a este estado de cosas en la Tierra.

La sobrevalorada virtud de la acción

Fuente: Pixabay

—¿Abúlico? ¿Cómo que abúlico? —Repetí para mí mismo como buscando un significado a la palabra que el tipo, de mediana edad, mirada distraída y barba descuidada, esgrimía insistente mientras hacía señas para que me acercase al banco donde se arrellanaba.

Me acerqué y le pregunté sin que me contestase de ningún modo. Insistí, sin respuesta de nuevo, hasta que finalmente sacó de su bolsillo un papel escrito.

Me senté a su lado en silencio. Las palomas llegaban, se exhibían reclamando su parte del pastel urbano, para a continuación irse de vacío en busca de otros monitos apresurados. Mientras, el tipo miraba apático aquí y allá, como si buscase migas de pan en el suelo sin atreverse a picotearlas.

Un taxi frenó bruscamente sobre un charco enfrente nuestro, empapando el pantalón y los zapatos de mi acompañante. De éste salió una mujer resuelta que dirigiéndose a mí masculló un agradecimiento y levantó con soltura el peso del hombre. Éste caminó vacilante hacia el taxi, paró sus pies en el charco y esbozando una sonrisa dio una patada que me empapó de arriba abajo. ¡Abúlico decía!

El paraíso interior de Iluminado Bock

Fuente: Pixabay

Iluminado Bock había decidido evadirse de los destellos vanos de este mundo hace exactamente un año, un 15 de septiembre húmedo, luminoso y fotogénico, de esos días que llenan fondos de pantalla y álbumes de juventud. Ese día entró en un refugio subterráneo de 10 metros cuadrados y vio la luz por última vez.

El búnker renueva el aire a través de un intercambiador de calor, pero no es accesible a la luz natural ni tiene bombillas. Su única comunicación con el exterior es una señal que se levanta o baja alternativamente para pedir suministros una vez por semana, que a su vez actúa a modo de testigo de vida. Hoy 15 de septiembre la señal lleva levantada dos semanas.

La escotilla cede fácilmente al mecanismo manual de apertura, dejando ver su interior escrupulosamente limpio y ordenado, sin restos de comida a pesar del intenso olor a putrefacción que domina la sala. Iluminado se halla tumbado en la cama, con una máquina Perkins para escribir en braille en su regazo y centenares de escritos en una caja. Sus labios y sus ojos abiertos dibujan una sonrisa traviesa.

La persistencia de la afrenta

Fuente: Pixabay

Creo recordarlo, pero no estoy seguro. Creo que mi padre o mi madre me expulsaron de mi establo, o mi casa, despues de arrancarme un ojo, o quizá romperme el brazo. ¡Maldita memoria! Pero eso sí, estoy seguro o casi de lo que ocurrió después.

Vagué, vagué, no como un bohemio o un turista ocioso sino como un mercenario kamikaze en busca de una razón para no ser. O no, quizá realmente estuve quieto, sentado en mi propio regazo, absorto en mi enajenación consciente.

Hasta que todo acabó; un edén de árboles frutales me susurró dádivas y consejos, y construí mi casa o mi establo nuevo en un lugar que no existía antes. Se acercaron para hablar conmigo niños con la boca manchada de moras y abejas en su hora de descanso.

Entonces la memoria me abandonó y con ella se fueron las certezas y los niños manchados de moras. En su lugar extraños e inquietos invasores. Tuve que darles un puñetazo en el ojo para que se fueran, soslayando la desconcertante sensación de haber estado allí antes.

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